El dividendo del no 'brexit'

Si la desintegración de la UE a 28 se detiene demostraría que la Unión es más flexible y resistente

JOSÉ Mª DE AREILZA*

Dos decisiones recientes pueden cambiar el destino del 'brexit' y otorgar una victoria al conjunto de los europeos, muy necesitados de buenas noticias. La primera de ellas es que Theresa May por fin rechaza una salida por las bravas, sin acuerdo con la UE. Antes de provocar esta catástrofe económica pedirá una prórroga de las negociaciones. Por parte de los laboristas, Jeremy Corbyn ha aceptado la posibilidad de un segundo referéndum, en el que se podría optar por la permanencia en la Unión. Es demasiado pronto para cantar victoria. La primera ministra va a aprovechar con su tesón inigualable el mes de marzo para conseguir la aprobación de un acuerdo con la UE. Someterá a votación (o incluso a varias votaciones) un acuerdo de retirada muy parecido al ya rechazado en enero, reinterpretado a través de una declaración política que facilitarán los negociadores comunitarios, con fatiga del Brexit. Solo si la derrota en los Comunes de la primera ministra es abultada, pedirá prórroga de las negociaciones, un tiempo de juego añadido que daría oxígeno a los mercados aunque nadie pudiese predecir qué ocurriría a largo plazo.

Si entramos en este escenario de incertidumbre, sería el momento por parte de los líderes europeos de aprovechar la oportunidad y disponerse a obtener lo que se podría empezar a llamar 'el dividendo del no Brexit'. El primer paso para alcanzarlo es pactar una prórroga amplia de las negociaciones, de unos dos años. Tras esa medida, las elecciones europeas de mayo no suponen un obstáculo político o jurídico -la baja participación británica y en otros Estados miembros no es nada nuevo-. Es preciso a continuación formular desde Bruselas y las capitales nacionales un proyecto de una Unión Europea renovada. Podría incluir pasos sustantivos en defensa (un terreno donde los británicos tienen mucho que aportar), avances en el control de las fronteras externas, aumento de la inversión en investigación relacionada con la revolución digital y la reforma de las instituciones de Bruselas, con el fin de fortalecer los principios de representación y rendición de cuentas. Todos estos asuntos relanzarían la integración como un proyecto al que merece la pena contribuir desde ambos lados del Canal de la Mancha. La permanencia en una UE distinta a la que rechazaron los británicos sería sometida entonces a un referéndum en el Reino Unido. En esta consulta votarían sobre su destino europeo por primera vez dos millones de jóvenes británicos, sin edad para hacerlo en 2016. Si la desintegración de la UE a 28 Estados se detiene, habría mucho que celebrar. Se habría demostrado que el populismo, en su encarnación pro-Brexit, puede frenarse. También que la Unión es más resistente y flexible de lo que se piensa. Ningún otro Estado pensaría en marcharse. Empezaríamos a entender Europa como el oxígeno que respiramos y veríamos mejor el sustrato civilizatorio que cimienta las instituciones de Bruselas.

* Cátedra Jean Monte-Esade