Desterrados

«El siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI constituyen, con toda su riqueza, con todas las luces del progreso, de la revolución de las comunicaciones, la época del destierro generalizado»

Somos extraterrestres. La primera generación de la historia sin tierra propia. Vivimos desenraizados, desarraigados. Eso afirma uno de los personajes de Tierra de Campos, la última novela de David Trueba. El protagonista, un joven urbano, necesita media vida y casi cuatrocientas páginas para entender a su padre sin juzgarlo, para comprender todo lo que termina con su muerte. Cuando nació su padre las cosas eran como habían sido desde hacía siglos, un tiempo inmemorial. Sin embargo, al fallecer, su mundo era irreconocible. En el paso fugaz de una generación habían desaparecido el arado tirado por bueyes, los corrales, las tablas de lavar en el río, los burros de carga y los carburos; y habían llegado, a una velocidad vertiginosa, el agua corriente, la electricidad, el teléfono, los tractores, la televisión y el universo de Internet. Al hombre le habían robado la piel, escribe el novelista, y el hombre no tiene la capacidad de las serpientes para fabricarse una nueva.

El precio del progreso, el camino del éxodo, la sombra alargada del abandono, un relato compartido por millones de familias españolas. Lo contó Sergio del Molino en su conocido ensayo, La España vacía, publicado en 2016. El autor habla del Gran trauma, así, con mayúscula de nombre propio, para referirse a la rápida urbanización, a la brusca despoblación del campo. Madrid es un agujero negro en torno al que orbita el gran vacío de la España interior. En el 70% del territorio nacional vive el 10% de la población. Un vacío todavía más alarmante en una región más restrictiva, la Serranía celtibérica, un desierto con almas de 65.000 km2, extendido a lo largo de diez provincias, en el que apenas sobrevive el 1% de la población. Menos de 8 habitantes por kilómetro cuadrado cuando la media española es de 92 y la europea de 113. La Laponia del Sur.

¿Qué futuro tienen los más de mil municipios en los que no vive ni un niño menor de cinco años? Hablamos de las provincias castellanas de Burgos, Segovia y Soria. Hablamos de Teruel y Zaragoza, de Guadalajara y Cuenca, del interior de Valencia y Castellón. Y hablamos también de la mitad meridional de La Rioja. El 60% de los riojanos habita en el área metropolitana de Logroño, el 85% hace su vida cotidiana en un entorno urbano. Pero La Rioja forma parte de esta historia por otra razón. Hay una editorial riojana, Pepitas de Calabaza, que ha mostrado un empeño especial en sacar a la luz el problema de la agonía del mundo rural.

Primero fue el libro de Emilio Gancedo, Palabras mayores. Un viaje por la memoria rural, publicado en 2015. Un recorrido dolorido por estratos del tiempo y de la tierra, por la memoria de unos pueblos mermados que aún resisten, cada vez más olvidados, ante el vendaval de la historia. Un universo que se esfuma, delante de nuestros ojos, dejando un rastro de casas y aperos abandonados, de caminos silenciosos, de ausencias de perspectiva inabarcable. Después, a comienzos de 2017, la editorial riojana llevó a las librerías el relato de Paco Cerdà, Los últimos. Voces de la Laponia española, un paseo por los páramos de humanidad de la mancha semidesértica de la Celtiberia, la periferia de la periferia, una tierra que grita y se ahoga por la inclemente lluvia amarilla del abandono y el desarraigo. Y ese mismo año, unos meses más tarde, Pepitas de Calabaza publicó el trabajo de Marc Badal, Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino, un estudio sobre la desaparición del mundo campesino tradicional. El campo convertido en una imagen congelada, una realidad muda, un residuo, un vestigio de otro tiempo.

No es solo un problema de despoblación y envejecimiento. Tiene que ver también con nuestro modelo económico, pensado desde las ciudades. Y con la calidad de nuestro sistema democrático. Hay que hablar de servicios públicos precarios como la sanidad y la educación, de la defensa de la riqueza natural y del patrimonio cultural, de la mejora de las comunicaciones, del acceso a Internet, de una visión diferente de la inmigración, más como una solución que como un problema, de medidas que favorezcan el papel especial desempeñado por las mujeres, de una fiscalidad rural ventajosa. Que vivir en el campo, como ha denunciado Julio Llamazares, no resulte un castigo costoso.

Parecen solo palabras. Pero las palabras son muy importantes. Emilio Gancedo nos enseña en su libro que no solo se muere el campo, también se extinguen las palabras. Mar Badal denuncia que la memoria se ha roto, que ha perdido el mundo que la engendró, que no podremos valorar la magnitud de la pérdida si no somos conscientes de su gravedad. La España vacía, apunta Sergio del Molino, no está solo en los pueblos perdidos, está también en la mente de millones de españoles que representan, en sus hogares urbanos, a una especie en vías de extinción.

No es un problema marginal. Como contaba el escritor John Berger, fallecido en 2017, la emigración es la experiencia que define nuestro tiempo, su quintaesencia. Es cierto. Nunca ha existido tanta gente desarraigada. El siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI constituyen, con toda su riqueza, con todas las luces del progreso, de la revolución de las comunicaciones, la época del destierro generalizado. Desterrados a otros países, a otros continentes. Desterrados, también, en nuestra propia tierra. ¿Por qué hay que contarlo? ¿Para qué añadir algo más, insiste Berger? «Para que corra secretamente la voz de lo que se ha perdido. No por nostalgia, sino porque es en el lugar de la pérdida en donde nacen las esperanzas».

 

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