DESCORTESÍA EN LA MESA

MARÍA JOSÉ GONZÁLEZ - EL TRAGALUZ

El adiós del restaurante Buenos Aires de Logroño es una pesarosa despedida más a otro de los grandes de la capital que, sin pasarse de precios ni alardear -ni falta que le hacía- de su altísima calidad, siempre ha tratado con exquisita educación a su clientela.

Desde el mismo momento de la reserva de la mesa hasta la propia llegada a la cita para disfrutar de una excelente comida o cena, la cortesía formaba parte del servicio. Como un plato principal más del menú en el que, por cierto, todos los manjares ofertados eran absolutamente identificables.

Cada vez se echa más en falta en esta ciudad el detalle y el cuidado a la hora de dirigirse a los comensales en algunos establecimientos. Y qué decir de la última moda: verte obligado a adelantar una fianza -nada humilde por cierto-, para guardarte la mesa a la hora deseada. No hay mayor gesto de cuestionamiento hacia la palabra dada, que para mí es ley: si digo que quiero reservar para seis en tal momento, es que es así; y si por circunstancias insalvables he de cancelar la cita tendré mucho cuidado de avisar con suficiente antelación para dejarles libre el espacio y que no pierdan ni tiempo ni dinero. A mí no me gusta extraviarlos, así que tengo por norma evitar que otros, por mi culpa, lo hagan.

Pero sin llegar a este extremo de grosera desconsideración, lo más lamentable es la generalización del trato maleducado y zafio hacia los clientes. Empezando por el tuteo: los que están sentados, tratando de usted a la que toma nota con un tatuaje en la muñeca y un 'piercing' en la nariz, mientras ella se queda en el 'tú' o el 'vosotros'. Lo impensable en el Buenos Aires ni en los que le precedieron.

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