DESCALABRO

MANUEL ALCÁNTARA

Un sabio consejo nos dice que en tiempos de aflicción no hay que hacer mudanzas. Pero es peor no hacer nada. «¡Qué quietas están las cosas y qué bien se está con ellas». Nos lo dejó dicho Juan Ramón Jiménez, que además de un neurótico de mucho cuidado fue un portentoso poeta. Ahora, los que nos movemos más somos las personas. La contaminación atmosférica ha provocado 93.000 muertes prematuras en una década, lo que supone ocho veces más que los accidentes de tráfico. ¿Será verdad que todos los males nuestros provienen de no saber quedarse en nuestra casa? No es creíble, porque también se mueren los ermitaños y los que no tienen casa y la siguen buscado. Según nuestra señora, a la que llamamos estadística, la contaminación es la mayor asesina, pero el aire es de todos y sigue yendo a su aire.

Las costas andaluzas han recibido en junio pasado más migrantes que Italia, Malta y Grecia juntas. La hospitalidad, que antes era una virtud, se ha vuelto un castigo. Mientras crece la polémica sobre el suicidio y muchas personas se preguntan si son los dueños de sus propias vidas o pertenecen al Estado. El gran don Miguel de Unamuno nunca decía nací sino «me nacieron». El ridículo del Mundial hay que repartirlo para que cada uno se lleve su parte y no se la lleve toda mi paisano Hierro, que sólo puede escoger entre lo que tiene. Como el balón sigue siendo redondo, las cuentas no cuadran. Eso es todo y no la destitución de Lopetegui, que es sólo parte. Hay que buscar culpables, ya que siempre se encuentran. Si no están a mano nos basta con mirarnos al espejo. Somos los mismos y el de enfrente, que quizá sea nuestro otro yo. Un enemigo inseparable.

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