Desaceleración económica

La recuperación se frena por la moderación del consumo debido a la subida de la inflación y por la caída de las exportaciones

La desaceleración que ha experimentado la economía española en el segundo trimestre del año no resulta tan preocupante por la décima en que se ha contraído -del 0,7% al 0,6%- respecto al trimestre anterior como por los factores que lo explican y la tendencia a la que pudiera apuntar. Las dos causas principales que concurren son el retraimiento del consumo de las familias y la caída de un 1% en las exportaciones. El hecho de que la inflación se haya situado por encima del 2% de mayo a julio, entre otras razones por la subida del precio del crudo, siempre por encima de la contenida evolución de los salarios, ha lastrado el poder adquisitivo de los hogares, cuando los balances del turismo no se muestran capaces de mantener la extraordinaria línea ascendente de los dos años anteriores. Todo en unas circunstancias poco favorables a que el ahorro de los ciudadanos pudiera compensar el recurso a unos ingresos regulares limitados, cuando se encuentra también al límite. No es una situación ajena a la que atraviesa el resto de la UE, lo que afecta directamente a nuestras exportaciones. Las economías de Alemania, Francia o Italia viven circunstancias semejantes, con variaciones en la solvencia de sus respectivos sistemas financieros y en el peso relativo de sus sectores públicos. La desaceleración de la economía, a partir del presente ejercicio, se había convertido en un lugar común de las previsiones. Como si se tratara de un vaticinio poco menos que acomodaticio: una manera de curarse en salud. De hecho, la noticia sobre la ralentización de la economía española podría pasar desapercibida, en tanto que parece una información ya amortizada en los pronósticos. Hasta el punto de que no resulte preocupante que la desaceleración se haya adelantado en el tiempo a los augurios. El nudo gordiano de una coyuntura económica que se está viendo afectada por el debilitamiento del consumo apela, insistentemente, a la evolución de los salarios. La reivindicación de su subida no acaba de plasmarse como un horizonte inmediato razonable en relación a la evolución de los beneficios empresariales y de las perspectivas de inversión. Ni siquiera las administraciones públicas están en condiciones de apostar por ello, cuando el déficit y la deuda continúan atenazando su acción futura. La fluctuación salarial es, a la vez, un baremo del estado de la economía y el ámbito en el que ésta puede venirse arriba.

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