En defensa de la Aneca

JULIO MONTERO

En los ambientes universitarios, entre el profesorado sobre todo, es difícil encontrar a alguien que defienda la Aneca y las agencias autonómicas de calidad de las enseñanzas universitarias. Yo soy uno.

La mayoría del profesorado universitario no sabe casi nada de esta agencia. Una se quejaba de su oscurantismo. Le dije que si tecleaba aneca.es se encontraría en abierto toda la información que ella ignoraba y decía que se le ocultaba. Eso sin contar con que cada cual habla de la parte de la Aneca que le afecta, como si solo fuera eso: para unos concede acreditaciones como Titular o Catedrático; para otras, «aprueba» titulaciones; para los de más allá les suspende los sexenios (porque claro, aprobar, los aprueban ellos)...

Casi nadie entiende que cada una de estas actividades (y otras más que ignoran absolutamente) se realiza de manera independiente, sin contaminación entre ellas. La tradición «amiguista» anterior a la Aneca, no podía entenderlo. Eso explica que una antigua catedrática, empeñada en que yo influyera sobre la comisión que debería conceder esa corona a su yerno, me declarara «non grato». No podía creer (sin tocar asuntos básicos en los que no merecía la pena entrar) que no podía hacer nada, porque era un modesto evaluador de titulaciones de ciencias sociales sin actividad alguna donde ella lo pretendía.

Esta incomprensión llegaba a niveles de chiste: una vicedecana me aseguró que la Aneca era inconstitucional, porque favorecía la desigualdad. A unos les concedía la acreditación y a otros no. Unas aprueban el sexenio y otras no. Con esa lógica, habría que suprimir la lotería, la liga de fútbol y las partidas de mus. En realidad ningún profesor quiere ser examinado si no le aseguran antes la matrícula. Aún recuerdo la felicitación de un viejo catedrático al conseguirlo yo: «has alcanzado la condición de examinador no examinado» me dijo triunfal.

Las agencias cometen errores evidentemente. Pero han salvado el sistema universitario español que pasaba al iniciarse el siglo XXI por una crisis de supervivencia.

Primero, por el sistema de «selección» del profesorado. Bastará recordar que, en la práctica, cada departamento decidía quien era titular o catedrático. Era un problema de simple mayoría de votos: ni de méritos, ni de cualificaciones. Eso no significa que quienes obtuvieran estas condiciones no fueran a veces personas brillantes y bien preparadas. Pero ocurría lo contrario con mucha frecuencia. La endogamia fue fruto de la ley Maravall, no de la Aneca: a cada uno lo suyo.

Algunos inteligentes se quejan de que Einstein no conseguiría la acreditación de Titular en la Aneca. Lo que no conseguiría seguro es sacar plaza de ayudante en una universidad española, porque el departamento se las apañará para fijar un perfil que sólo cumplirá el candidato local.

Segundo, porque gracias a la Aneca y a las agencias autonómicas, se ha evitado que un conjunto de planes de estudio, «modernos y adaptados a los tiempos», se transformasen en grados que no llegaban siquiera a niveles de formación profesional. No tenemos grados de Excel de milagro y algún master de corte y confección se ha quedado sin verificar. Ya sé que tenemos otros en los que sólo se enseña a chillar ¡¡¡GOOOL!!!, pero se han evitado muchas titulaciones superiores de ignorancia. Las universidades plantearon algunas excelentes sobre el papel, pero sin instalaciones ni profesores preparados para sacarlas adelante. No tenían la culpa: Bolonia nos llegó en plena crisis. Rectorados y gobiernos regionales juraron que tendrían esas instalaciones al comenzar los estudios... y no las tuvieron ni al terminar. Entonces se vio lo que valoraban los políticos la universidad.

Y se comprobó que lo más difícil del mundo es que un profesor deje de explicar lo mismo que los años anteriores, llámese como se llame la asignatura que le encarguen. Aún recuerdo la frase con que un vicedecano nos explicó qué iba a suponer Bolonia: «¡Tranquilos! ¡Todo seguirá igual!» nos gritó. Y sus estudiantes lo siguen comprobando cada año.

En fin, la Aneca y las agencias realizan una actividad manifiestamente mejorable, pero positiva y necesaria. Y no quiero pensar en los niveles infames de nuestras titulaciones y profesorado universitarios si no hubieran existido.

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