La cultura del esfuerzo

«Vimos nacer la democracia y la Constitución. Nos movíamos en un mundo que cambiaba rápidamente; éramos demasiado pequeños para gestar los cambios, pero no tanto como para no entenderlos»

La propuesta de dar el título de Bachillerato con un suspenso me ha animado a enviar estas líneas referidas a aquel proyecto docente del franquismo que fueron las universidades laborales (UU.LL).

Un grupo de exalumnos nos hemos reencontrado recientemente con motivo de la celebración del cuarenta aniversario de nuestro paso por las aulas de la Laboral de Logroño. Algunos de recorrido lento hemos tomado conciencia ahora de que vivimos un momento único, en un lugar único, un grupo de personas únicas.

El momento único fue la Transición, aunque es obvio que en esto coincidimos con el resto de personas de nuestra quinta. Vimos nacer la democracia y la Constitución. Nos movíamos en un mundo que cambiaba rápidamente; éramos demasiado pequeños para gestar los cambios, pero no tanto como para no entenderlos.

El lugar único era, por supuesto, el recinto de la Laboral. La arquitectura de las UU.LL. fue uno de sus rasgos de identidad y ha sido objeto de estudios y de alguna tesis. Los arquitectos encargados de su diseño y ejecución gozaron de libertad creativa para integrar las nuevas propuestas pedagógicas en espacios educativos acordes al ambicioso proyecto.

La Laboral se ubicó entre Logroño y Lardero, en un terreno de 8.000 metros cuadrados donados por la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja. En nuestros asombrados ojos quedaron grabados aquellos enormes espacios, aulas, patios, comedores y jardines que fueron punto de encuentro, como grata novedad, con personas del sexo opuesto.

Sin querer ser pretenciosos, la singularidad del grupo viene de nuestra homogeneidad en edad, rentas y notas. Vivimos la transición de adolescentes porque nacimos a principios de los años sesenta. Las rentas y las notas eran los elementos condicionantes de todo. ¿Por qué? Pues porque eran la llave para la obtención de la beca Laboral. Esa que permitía acariciar la posibilidad de contar con el primer universitario en la familia. Nuestros padres eran obreros de fábricas que habían emigrado a la capital aprovechando la bonanza económica de los sesenta. Otros vivían del 'surco', como comentaban algunos alumnos aludiendo al ámbito rural del que procedían. Economías modestas en cualquier caso.

Con respecto a las notas, sufrimos una doble criba: la primera era la selección natural que te llevaba a estudiar o trabajar sin más matices (no existían 'ninis', ni paternalismos pedagógicos). La segunda criba, esta sí, específica, ponía el punto de corte en un notable y la obligatoriedad de aprobar durante el curso lectivo.

Este grupo homogéneo, de poco más de cien alumnos por curso evolucionó como una cohorte disciplinada durante los cuatro años que conformaban los estudios de BUP y COU. Mismos profesores, recinto y época. Además, entrando y saliendo de la soberana adolescencia, etapa en la que se forja la personalidad y se aprende «que no hay atajo sin trabajo». Los pedagogos hablan del efecto Pigmalión, que viene a ser algo así como la profecía autocumplida: se mejora el rendimiento si se aplican expectativas altas sobre el mismo. Se esperaba muchos de nosotros y nos lo hicieron saber.

Quedó grabado en nuestro disco duro vital. Como muestra, más que un botón, un libro titulado «Laborales 1977-1981. Del acné a la arruga» que hemos tenido la constancia y determinación de escribir unas cincuenta personas. La mayoría aportando su experiencia de aquellos años en forma de reseña personal. Otros con una revisión de más calado de su historia. No faltan las semblanzas de profesores y alguna entrevista. Todos con el denominador común de haber pertenecido a la promoción 77-81 de nuestra Laboral de Logroño. La cual ya no existe como tal, arrastrada por su tufo franquista y también por sus dificultades de financiación (qué actual). Pero que dejó su impronta...

Libros y tesis doctorales acerca de las universidades laborales en España hay unos cuantos, pero sin haber hecho una revisión exhaustiva, creo que es el único escrito a cien manos.

Para los amigos de cerrar el círculo, comentar que el proyecto educativo y el esfuerzo que realizaron las Mutualidades de Trabajadores de la época devino en una ahora adulta generación de ingenieros, docentes y algunos catedráticos en ciencias y letras, psicólogos, un buen puñado de sanitarios, informáticos, economistas, mas de un escritor y ganadores de algún premio y mención por aquí y por allá. Currículos sin «cursillos de tócame Roque ni doctorados de mírame y no me toques» que diría Juan Manuel de Prada.

Sin nostalgia he querido recordar la singularidad, con sus luces y sombras, de un sistema educativo en el que nunca se habló de la autoestima del estudiante y si de la cultura del esfuerzo.

 

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