Cuarenta años y una Transición después

Pasar la ITV es necesario sobre todo cuando el rígido sistema de reforma español exige un importante consenso político (y social, en los casos de la reforma agravada). Podemos decir, incluso, que las constituciones se defienden reformándolas

Nací en la década de los sesenta y, si hacemos caso a lo que opina Antonio Orejudo en su libro 'Los cinco y yo', pertenezco a una generación perdida que no tuvo ningún protagonismo ni en la Transición de la dictadura a la democracia ni en los primeros años de ésta porque, cuando Franco murió, todavía éramos muy jóvenes. Tendrá razón en lo del protagonismo, pero, al menos, nos quedará el consuelo de haber sido espectadores, con ojos de provincianos adolescentes de Logroño, del noviazgo de los padres de la Constitución, su boda y el parto. Es decir, vimos cambiar un país.

Recuerdas tanto la Transición como uno de los pasajes más relevantes de la historia reciente de España (por mucho que ahora quienes no la vivieron la reescriban), como la elaboración de la Constitución y surge inevitablemente la palabra 'consenso' que, en su virtud práctica, se traducía en ceder, o, al menos, respetar.

Recuerdas, a nivel personal ahora, que perteneces a la primera promoción de estudiantes de Derecho que empezó a estudiar la carrera con la Constitución aprobada. Y tan reciente estaba que no existía ni siquiera una asignatura para su análisis. No existía un 'Derecho Constitucional', solo existía un 'Derecho Político' en el que, a medias con el Administrativo, alumnos y -creo yo- profesores, aprendíamos juntos.

Así que, cuarenta años después opinas que, arriba o abajo, el resultado ha sido bueno, aunque después este tiempo, se le puedan encontrar sus puntos débiles. Pero a la Constitución hay que perdonarle algunas cosas (que en su artículo 18 nos hable del secreto de las comunicaciones «postales, telegráficas o telefónicas». ¿Qué tenía que haber dicho en 1978? ¿del secreto del wasap?). Hay que regañarla por otras (no todas las constituciones pueden presumir de tener en su seno un artículo inconstitucional, como es el relativo a la preferencia del varón a la mujer en la sucesión al trono). Hay que entender la perplejidad del jurista persa que para su estudio envió Cruz Villalón y que comprobó que, entre lo escrito en el título VIII y lo que la realidad quiso, existió un mundo. Tenemos que considerar lógica la ausencia en 1978 a cualquier referencia expresa en su texto a Europa (hoy cualquier Estatuto de Autonomía de última generación, además de tener más artículos que la Constitución, contiene un capítulo entero destinado a Europa). Hay que ser críticos con la regulación del Senado, que se quedó entre el poco y la nada, y no se ha convertido en la pretendida Cámara de representación territorial. Y, por último, cualquier gobierno sin excepción debe agradecer a la Constitución que incluyera el remedio contra todo mal legislativo: el Decreto Ley.

Así que la Constitución no deja de ser como la casa que habitamos. Que nos gusta vivir en ella, pero a la que cada cierto tiempo tenemos que darle una mano de pintura. Hasta ahora solo hemos pintado en dos ocasiones y más bien porque no nos quedó otra. Pero con un particular instinto de conservación, hemos sido reacios a meternos en obras de más calado, ayudados, afortunadamente, por el Tribunal Constitucional, que ha ido tapando las fisuras que afeaban las paredes, acudiendo a hermosas composiciones sobre interpretación evolutiva (el árbol vivo que menciona en alguna sentencia).

Y somos conservadores, aunque sepamos que la Constitución alemana se ha reformado del orden de sesenta veces, una veintena la francesa y hasta en siete ocasiones la de Portugal; que, por cierto, es del año 1976. Teniendo presente, además, que nuestro Consejo de Estado en 2005 ya informó positivamente sobre una reforma profunda y lo ha vuelto a hacer hace nada al respecto de los aforamientos.

Así que no deberíamos tener temores a repintar lo que se deba repintar. Pasar la ITV es necesario sobre todo cuando el rígido sistema de reforma español exige un importante consenso político (y social, en los casos de la reforma agravada). Podemos decir, incluso, que las constituciones se defienden reformándolas.

Ahora bien, que sea necesario repintar el salón no significa que hagamos trampas al solitario pensando que, reformada la Constitución, desaparecen los problemas de nuestro país (y especialmente el regional).

Nuestro modelo de democracia no militante nos permite hablar de todo. De monarquía y república; de Estado federal o centralizado; de sistema unicameral... Pero para ello, previamente, deberá existir, otra vez, un sentimiento común en el sentido que sea. Cuarenta años y una Transición después, gran parte de nuestra población o nació después de 1970 o vino de otros países y se integró en el nuestro. Es decir, solo ha conocido la democracia. Por ello, no está de más recordar que España vive hoy la etapa más larga de su historia en libertad. Como no lo está en afirmar que, con ciertos achaques, bien por la edad, bien por los ataques que ha sufrido, la Constitución de 1978 ha sido el pilar básico de esa democracia.