Crisis financiera, crisis política

El fantasma que recorre Europa no es el comunismo, sino un populismo ultraderechista, y la crisis económica se ha convertido en una crisis política

DAVID FRED MATHIESON

Unfantasma recorre Europa», escribió el filósofo alemán Karl Marx en el siglo XIX, «es el fantasma del comunismo». Marx predijo que un Estado comunista iba a surgir después de un fracaso catastrófico del sistema capitalista. Pero sus predicciones no se realizaron entonces ni se han realizado hoy. Hace una década se produjo la crisis del capitalismo más profunda desde los años 30. Sin embargo, el fantasma que ahora recorre Europa como consecuencia de la inestabilidad no es el comunismo, sino un populismo ultraderechista, y la crisis económica de 2008 se ha convertido en una crisis de la política en 2018. La victoria de Donald Trump, la ruptura de la Unión Europea con el 'brexit' y los gobiernos nacionalistas de Polonia, Hungría, Italia y la República Checa son manifestaciones del nuevo ambiente que recorre la política. En los próximos días podría ser que el nombre de Baviera, el estado más poderoso en el país natal de Marx, se agregue a esa lista. Según los últimos sondeos, el partido ultraderechista Alternative for Deustchland (AfD) está a punto de ganar un número importante de escaños en las elecciones regionales. El perdedor será el grupo de los Demócratas Cristianos de Baviera (CSU), los socios de la canciller Angela Merkel, partido que ha gobernado el Estado desde la década de 1950. Si la CSU pierde su mayoría absoluta, será un signo más de un cambio preocupante en el mapa político tanto en Alemania como en Europa.

La caída del banco de inversión Lehman Brothers en el otoño de 2008 sacudió al mundo financiero y puso en tela de juicio todo el sistema capitalista. Mucha gente opinaba que el llamado 'capitalismo de casino' tenía sus días contados, y que su desaparición daría paso a un mundo más justo, más estable, con una disminución de las desigualdades. Sin embargo, los últimos 10 años no han sido una década estable ni progresista. Todo lo contrario. Las formaciones de izquierda se han fragmentado y, en concreto, el respaldo popular a los partidos ortodoxos de la socialdemocracia nunca ha sido tan débil. A finales del siglo XX las formaciones socialdemócratas dominaban el paisaje político: la izquierda gobernaba sola o en coalición en una docena de los entonces 15 estados miembros de la Unión Europea mientras el presidente demócrata Bill Clinton tenía un segundo mandato en EE UU. Hoy, sólo dos países europeos tienen administraciones progresistas, y con el 25% de los escaños en el Congreso la estancia de Pedro Sánchez en la Moncloa no puede ser más precaria. Mientras tanto, el respaldo electoral a las formaciones populistas y nacionalistas parece imparable.

¿Cómo hemos llegado desde la caída de Lehman Brothers hasta el derrumbe de la socialdemocracia y de la creencia de que la política pueda labrar un mundo más justo? Por supuesto la respuesta es compleja, pero hay tres pilares fundamentales: la austeridad, la tecnología y la inmigración. Los gobiernos en Europa y en los Estados Unidos tenían que adoptar estrategias para salvar el sistema financiero pero el rescate ha tenido un coste enorme. Ha subido el paro, los impuestos y las desigualdades mientras el salario promedio se ha estancado. Las nuevas tecnologías tienen y tendrán un impacto profundísimo en el mercado laboral. Como consecuencia, la caída del optimismo sobre el futuro -en concreto entre los jovenes- es notable. Al mismo tiempo, los flujos migratorios han aumentado porque gente de diversas regiones como América Latina, Oriente Medio o África han tratado de escapar de los conflictos o de la pobreza o de ambas cosas.

Para todos los cambios e incertidumbres los políticos populistas tienen una respuesta fácil: echar la culpa a los inmigrantes. A corto plazo es un análisis erróneo y a largo plazo este planteamiento supone un riesgo muy grave. Sólo hace falta un momento de reflexión para comprender que las respuestas populistas son absurdas y contradictorias. El Gobierno húngaro de Victor Orban dice que no aceptará inmigrantes y que tiene una solución muy simple. Los inmigrantes deben ser expulsados de Hungría, lo que significa que serán enviados a países colindantes como Austria, Italia o el estado alemán del sur, Baviera. Mientras tanto, en Viena, el jefe de Estado populista, Sebastian Kurz, insiste en que Austria no quiere más migrantes. ¿Su mensaje? Que se vayan a Alemania o Italia. Pero el dirigente italiano Matteo Salvini insiste en que se vayan a Austria o Alemania o cualquier sitio que no sea Italia. Y ahora el AfD (seguido de la CSU) dice que no habrá ningún Willkommen en Baviera. Todos tienen el mismo mensaje: ¡Aquí no! Pero el tema de la inmigracion es un reto como lo es el cambio climático y ningún país es capaz de solucionarlo solo. La coordinación entre países es más imprescindible que nunca. Por desgracia, la fe de mucha gente en la política nunca ha sido tan débil.

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