Creer o no creer

Quien milita en una formación política desarrolla un mecanismo que le impide entender a quienes militan en otra

FELIPE BENÍTEZ REYES

Cuando una ideología política se convierte en una fe -lo que de entrada no es bueno ni malo-, el pensamiento se escora al lado de la irracionalidad: del pensar al sentir, del análisis crítico de la realidad a la percepción emocional de la realidad. Según estudios neuropolíticos -tan reveladores como, en el fondo, aterradores-, cuando el exceso de información sobrepasa los límites de nuestra capacidad racional para organizar e interpretar esa información, la razón se echa a un lado y tendemos a buscar soluciones y conclusiones emocionales, que siempre tienen algo de azarosas.

Algunos neurocientíficos dan por hecho que la persona que milita en una formación política desarrolla un mecanismo cerebral que le impide entender las razones de quienes militan en otra. Algunos experimentos concluyen que, incluso cuando se aportan datos objetivamente favorables sobre la gestión de gobierno de un partido contrario al de nuestra militancia, la mente activa dispositivos que niegan la evidencia de esos datos.

Este sectarismo sirve para ser aplicado a la política, a la religión o al deporte, y lo más prudente sería resignarnos a que la historia de la humanidad se reduzca a la historia de una confrontación permanente e inexorable no ya tanto entre maneras distintas de pensar como entre maneras distintas de sentir lo que pensamos, al menos en los casos afortunados en que el sentir se apoya en el pensamiento. La idea de una sociedad armoniosa en cuanto al equilibrio de sus intereses colectivos no pasa de ser, en fin, una tierna utopía que tiene que conformarse con una distopía soportable: la gestión equilibrada de unos desequilibrios irresolubles.

Las formaciones políticas lo que en esencia nos ofrecen son diferentes opciones de paraíso, lo cual establece un pacto de fantasía entre los gobernantes y los gobernados: ambos sabemos de sobra que los paraísos terrenales se extinguieron en las primeras páginas de la Biblia, pero ambos optamos por dar crédito a una ilusión casi tan antigua como el mundo: redimir a la condición humana de sí misma. Con arreglo a nuestro nivel de credulidad con respecto a esa oferta variada de paraísos, elegiremos a un redentor o a otro, o bien nos abstendremos de votar, aunque en cualquier sociedad democrática los niveles de abstención -así rocen el 50%- no suelen ser considerados síntomas de alarma, sino gajes del sistema.

En estos momentos, padecemos en España una sensación de provisionalidad, de deriva aventurera y desconcertante: un gobierno en precario metido en una confusa campaña electoral anticipada, unos partidos que lo apoyan desde la equidistancia estratégica y una oposición que profetiza poco menos que el fin de la civilización si no le concedemos el poder cuanto antes. Cuestión de fe, en suma. Y de paciencia.

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