¿Comienza la hora de las cuentas?

SYLVIA SASTRE

Quien dudara de los posibles efectos del cambio climático puede valorar si ha comenzado la hora de la anunciada rendición de cuentas: sequía continuada en regiones de nuestro país con pérdidas significativas del caudal embalsado frente a lluvias torrenciales hace unas semanas en Andalucía o Baleares, lluvias torrenciales actualmente en el litoral mediterráneo de norte a sur, olas gigantes en Tenerife; recientes inundaciones en la región de Aude en Francia combinadas con persistente sequía en otras regiones, descenso de precipitaciones de nieve en el norte de Europa, etc. La manifestación hasta ahora más catastrófica es el incendio que devasta California desde el 8 de noviembre: con 71 muertos y más de mil desaparecidos, el denominado Camp Fire está siendo el más mortífero y de efectos más graves de la historia que ha hecho desaparecer prácticamente la ciudad de Paradise de 27.000 habitantes, devorando el terreno equivalente a un campo de fútbol cada 2/3 segundos en un Estado que, desde principios de año, soporta fuerte sequía e incendios devastadores que han convertido en humo una superficie equivalente a 63 veces la ciudad de París, con un altísimo coste personal, material y medioambiental. Según las estadísticas, de los 10 peores incendios desde 1932 en ese Estado, 8 se han producido desde el año 2000 y el resto a partir de 2012; su cadencia se acelera.

Estos y otros fenómenos recientes alrededor del mundo muestran la fragilidad de los países desarrollados y no desarrollados, desde el norte al sur del planeta, frente a los devastadores efectos de la deriva del cambio climático en curso.

La pregunta es la de si, frente a la evidencia, el escepticismo de algunos países ante los efectos anunciados de una situación insostenible ambientalmente dará paso a la razón y aplicación de políticas que reduzcan el impacto de la actividad humana en ello; especialmente en Estados Unidos se pone en evidencia la paradoja a la que ha conducido su presidente al frenar la colaboración internacional para hacer frente al recalentamiento de la tierra. Incluso ahora, frente a la devastación, sus primeras declaraciones fueron más intimidatorias que realistas, atribuyéndola a la mala gestión de los bosques, en lugar de asumir la importancia de lo que está sucediendo con solo un grado de calentamiento.

Si Estados Unidos sufre la paradoja entre la política presidencial y la evidencia, todos los gobiernos y la comunidad internacional deben plantearse seriamente si serán capaces de afrontar los efectos perniciosos del calentamiento si alcanzara los 2 o 3 grados adicionales anunciados científicamente. Sería catastrófico que ya no fuera posible si no se aplican urgentemente medidas eficaces.

 

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