El coloso del Gijón

El coloso
del Gijón

BERNARDO SÁNCHEZ

Yo estuve en la cárcel con Álvaro de Luna. Hace poco me lo presentaron y se lo pude decir: «No, si ya nos conocemos: estuvimos juntos en la cárcel, en Logroño». Toda la vida se lo había querido decir, en persona. Coincidimos en el homenaje a Rafael Azcona en la Academia de Cine, en abril de este año. Entró en la cafetería de enfrente acompañado de Manolo Vicent, uno de sus grandes amigos, de la otrora cuadrilla del Gijón, su banda en reposo, a la que regresaba entre peripecia y peripecia de la Serranía de Ronda. Era, de hecho, su banda original. La de los episodios de Café de asiento; episodios urbanos -como aquellas crónicas urbanas de Vicent-, a través de los campos y mil peligros del país extramuros de Recoletos. Horas y horas comentando la trama de las cosas. Cada cual desde su profesión o circunstancias, que confluían en un pasar revista y periódico al panorama: personal y nacional. Estar como de guardia, asomados y a la vez recogidos. Vigilando desde la boca de la cueva. Era estar situado a los dos lados del romanticismo: el del mundillo del cafetín y el de la novelería del bandolero bueno. Una vez, por cierto, le escuché a Álvaro de Luna resumir en qué consistía su profesión; o sea, su oficio: esperar a que suene el teléfono; esperar y esperar y que no suene; volver de la calle a casa y preguntar si te ha llamado alguien. Yo recuerdo verlos a través del ventanal: a Manolo, a Álvaro de Luna y al otro Manolo, Manolito Aleixandre, en la cueva del Gijón, dándole a la hebra, en todos los sentidos, tabaco y tertulia, preparando, seguro, la siguiente salida. Calculando por qué recodo va a pasar la próxima diligencia, o la próxima partida de soldados franceses. Porque el Algarrobo también podría haber sido 'el Estudiante', por lecturas, por culto, por amistades, por el cafetín. Era el actor un coloso cultivado. Tenía el tamaño y fuerza del especialista de cine que empezó siendo, un Zampanó de spaghettis y peplums, pero con una anchura de cuerpo para adentro extraordinaria y delicada; ahuecada por la inteligencia y la bonhomía. Por tipos como Álvaro de Luna se le ha llamado muchas a veces al tener una complexión el 'tener humanidad'. Álvaro de Luna tenía mucha humanidad. Y la mantuvo intacta hasta el final. Entró, decía, en la cafetería de enfrente de la Academia mi antiguo compañero de celda, grande, afable, con su voz, la del Algarrobo, pero también con el gesto inconfundible de Batiste Barrull. Porque su legendario algarrobismo le fijó una máscara de trabucaire; pero habitaba entre poncho y trabuco un alma sanchopancesca. Batiste fue el hombre al que le quemaban la barraca, y lo recuerdo en la pantalla de televisión llorando, impotente, rabioso. Lo recuerdo llorando como un niño, a Batiste Barrull. Pues entró Álvaro de Luna en la cafetería con su humanidad intacta. Nadie, nadie hubiera podido preveer este desenlace unos pocos meses después. Y entonces -qué alegría, esperando a decírselo treinta y tres años- se lo solté: «Nos conocemos de la cárcel, Álvaro. Tú no te puedes acordar, pero yo sí, claro». Y no solamente habíamos estado juntos en la cárcel de Logroño, sino que prácticamente la habíamos inaugurado, la cárcel nueva, cuando ya se les llamaba a las cárceles Centros Penitenciarios. Era 1985 y si no recuerdo mal fue Roberto Mazo, desde el Ayuntamiento, el que ayudó a buscar extras del mundo teatral local para actuar de figurantes en una serie de TVE titulada Régimen abierto, que se iba a rodar en el flamante Centro Penitenciario del Camino de Calle Vieja, protagonizada por Álvaro de Luna (¡y en la que también salía Manuel Aleixandre!). Conociendo mi afición teatrera, Roberto me llamó e ingresé en la cárcel al día siguiente. Me vistieron de enfermero de enfermería carcelaria. Y me dieron un papel con frase: «Y luego te sierran por aquí la pierna hasta que se te cae». La decía -dejando ahí todo el método Stanislavski y mi escueta formación en primeros auxilios- llevando una camilla con otro enfermero, y con un enfermo tumbado en la camilla, que tenía que poner cara de aterrorizado, con razón. Mientras me aprendía la frase, yo veía a Álvaro de Luna, en uniforme de presidiario, encerrado en una de las celdas. Interpretaba a un hombre que encarcelado por estafa salía, al cabo de tres años, en régimen abierto para intentar demostrar su inocencia. Guardaré de Álvaro de Luna un recuerdo a perpetuidad. Y también de que intentando salir de la cárcel, tras mi actuación, el guardia de la garita no encontraba mi carnet de identidad. Y ponte a contarle la película de que tú eres un extra que ha estado rodando con el Algarrobo y que te deje salir...

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