Colliure, 22 de febrero de 1939

JULIO ARNAIZ

Estos días azules/y este sol de la infancia/¿qué encierran estos dos versos/que de esperanza me hablan/que no pretendo evocarlos/y sin avisar me embargan...?».

El 22 de febrero de hace 80 años moría don Antonio Machado, el genial poeta andaluz de alma castellana que supo cantar a Soria como nadie la cantara. ¿Qué no vería en estos austeros lugares y, lo que es más increíble, qué no sentiría hasta llegar a su alma de tierras pobres, tierras tristes...?, «tan tristes que tienen alma».

El poeta de mayor hondura y emoción que imaginarse pueda había arribado a este pueblecito de la costa y frontera francesa «ligero de equipaje» huyendo de su país (seguramente de las dos Españas) en compañía de su madre, Ana Ruiz, enfermos ambos, así como de otros familiares cuando fuera lo de los hechos de la guerra española. Contemplar, con el paso de tantos años, el curso de los acontecimientos cual si se tratara de un suceso de nuestro tiempo es harto difícil; sin embargo, su periplo, está más actual que nunca como si jamás hubiéramos aprendido la lección que la historia nos facilita a diario. No podemos dejar de sustraernos a esas dos Españas que, de manera tan perfecta y cabal, retrató nuestro homenajeado (El mañana efímero), y que ochenta años después seguimos tropezando igual que cuando entonces, como si estuviéramos perseguidos por alguna especie de fatalidad gentes tan simples que, por militar o simpatizar en una de esas dos opciones, tan de actualidad ahora mismo, ya nos creemos en posesión de la verdad única, cuando esa verdad de la que hablamos no existe. Hay personas que nacen tocadas por un duende, don o diosa fortuna, que todo domina y puede: no así don Antonio, que nació bajo ese 'malditismo' que acompaña siempre a los perdedores, y que sin embargo, lejos de eclipsar su paso por este mundo, son capaces de brillar con voz propia y de alumbrar en medio de la noche fatigosa..., aunque sea cuando se ha apagado su luz.

El periplo de su vida toda está jalonado de acontecimientos que, analizados con el prisma de la distancia, nos muestran una fatalidad inmanente a todo cuanto tiene que ver con su penoso estar en este mundo: enamorarse de Leonor y casarse con ella, una niña de quince años cuando él tiene treinta y cuatro (en un país tan celoso de sus apariencias y del qué dirán), su enfermedad y muerte prematura, la aparición de Guiomar, su diosa, que al estar casada solo puede tratarse de un amor a distancia y secreto, después cuando la guerra entre hermanos (a Manuel le coge en el bando nacional, a don Antonio en el de los que la pierden), lo que le obliga a huir de su país en unas condiciones terribles y con escasa salud. Sin embargo, hay que tener presente que acaso sea debido a esa desgraciada mala suerte que acompaña a los que no han sido tocados por los dioses que, con el paso de los años, su obra aparece engrandecida precisamente por semejante emoción y ese calado al que no todos tienen acceso. Y acaban convirtiéndola en inmortal, ya que los sentimientos universales del amor, odio, envidia, maldad y bondad, etc., cuando son tratados con la precisión debida alcanzan la cima reservada sólo a los mejores y pasan a engrosar la nómina de la gloria y de la leyenda. Y es ahí donde don Antonio Machado habita con todo merecimiento. ¿Quién como él retrató nuestras costumbres, quehaceres cotidianos y cavilaciones más inescrutables hasta elevarlos a la categoría de algo inmortal...? Si de Unamuno puede decirse que es el pensador y hacedor de ideas y de Juan Ramón Jiménez el poeta de la belleza, en Machado la emoción y ese sentimiento insondable alcanzan las cotas más elevadas y profundas al lograr darle un vuelco al corazón.

En esa vía muerta yace Machado, en el último tren, junto al camino final, que no es al final del camino, al partir «ligero de equipaje», como si fuera un premonición, una despedida. Donde estés, alma, donde ya reposas..., «mi corazón está donde ha nacido, no a la vida, al amor, cerca del Duero».