La cocina espuria

JOSÉ MANUEL VILABELLA

Hay una cocina que indigna al personal, mayormente al personal comprometido, y que nos tiene en un ay a todos los españoles a los que nos interesa la política. Es la cocina que devoraba Rajoy en grandes platos y que no se cansaba de consumir hasta llegar al hartazgo y en la actualidad el presidente del Gobierno, el señor Sánchez, le ha cogido también el gustillo y no puede pasar sin ella. «¿Le traigo un platito, señor presidente?», pregunta con zalamería su asistenta personal y al habitante del Palacio de la Moncloa la gula le anima el semblante, normalmente taciturno, y exige no un platito sino la sopera entera.

Me refiero, como sin duda habrá adivinado el astuto lector, a las encuestas del CIS, el Centro de Investigaciones Sociológicas, ese organismo formado por miles de encuestadores que periódicamente van de casa en casa preguntando a los españoles qué piensan de los políticos, de la vida y de la miseria que ganan algunos. Los encuestadores lo preguntan todo. Nada les es ajeno a estos burócratas itinerantes. Esos miles de datos que se obtienen no se trasladan tal cual se reciben. No. Los capitostes del CIS juntan toda la información recabada, la echan en una enorme perola y la cocinan, la cuecen a fuego lento como hacían las abuelitas con el cocidito madrileño. Naturalmente estos caballeros con corbata y bigote no mezclan los datos con garbanzos al buen tuntún; qué va. Con seriedad y pulcritud los aliñan con un puñadito de algoritmos, los adoban con complicadas fórmulas matemáticas y les inyectan, con el perejil correspondiente, ecuaciones, derivadas e integrales para que tengan ese característico sabor a ajo de la política española.

Los resultados del guiso de esa cocina espuria entusiasman a unos y cabrean a otros. '¡Quiero ver la perola!', exigen los descontentos y quieren agredir a los pobres maestros del fogón que han elaborado esa sopita de fideos tan alimenticia y sabrosa. La cocina del CIS tiene algo de menú del día de la tasquita de la esquina. Es una cocina desigual porque doña Fortunata, que es una señora atractiva y tiene muchos seguidores, unas veces acierta plenamente con el cocidito madrileño y otras no y, cuando esto ocurre, la abandonan en tropel sus seguidores; esos que decían que la amaban con ternura infinita. En estos tiempos de excepción se multiplican las encuestas y las promesas y, como dijo el otro Guerra, ojala que llueva café en el campo.