Las cosas claras

JULIO ARMAS

Son hoy las cosas mucho más complicadas que antes, ¡dónde van ustedes a parar! Antes, al final de cualquier conflicto, y por largo que este fuese, siempre se sabía quién lo había ganado y quién había sido el perdedor. Verán, la Guerra de los Cien años, por ponerles un ejemplo. Allá por el año 1337 ingleses y franceses, por un quítame allá esos territorios, estuvieron dándose borra hasta más allá del año 1453. ¿Cómo acabó todo?, pues con la retirada inglesa de tierras francesas... y «chispún». ¡Ingleses, go home! Todo claro, neto y preciso.

¿Qué pasa hoy...? antes un poco de historia. Todo empezó con aquel rey que tuvimos que se llamaba Carlos II y al que, por ser bastante rarito el pobre, se le apodó, en un acto de benevolencia coloquial, «El hechizado». Pues bien, este Carlos, que fue el último de la casa de los Augsburgo, como ya sabía que iba a cascar sin descendencia, no tuvo mejor ocurrencia que dejar su trono a un francés, que además de ser un Borbón era hijo segundo del delfín de Francia, nieto de Luis XIV y que se llamaba Felipe de Anjou.

A partir de aquí ya pueden imaginarse lo que el resto de Europa pensó. Si en España va a reinar el mismo señor que el día de mañana puede reinar en Francia... madrecita, madrecita, que me quede como estoy. ¿Solución?: hay que aliarse y hay que ir en contra. Pero aliarse, ¿quiénes?, pues muy sencillo; los ingleses, los del imperio Romano Germánico, los de las Provincias Unidas, los de Portugal y los del Ducado de Saboya. Vamos... casi todos contra casi dos.

Y digo casi dos porque como ya saben ustedes que no hay nada lo suficientemente malo que no pueda empeorar, pues ocurrió que, para más INRI, los españoles de la Corona de Aragón (catalanes incluidos) se pusieron al lado de los aliados (austracistas les llamaron), mientras que los españoles de la Corona de Castilla lo hicieron al lado de los borbones.

El lío ya estaba armado y durante dos años estuvieron zurrándose la badana borbones y austracistas, pero como de todo se cansa uno, pues llegó el día en que tirios y troyanos decidieron dejar de hacer el burro, echar pelillos a la mar y en Utrecht firmar un tratado de paz, al que, en un desmedido rasgo de ingenio, se le llamó: Tratado de Utrecht.

¿Y saben qué es lo que decía ese tratado?, pues decía que para entronizar a la dinastía borbónica España debía perder: sus posesiones en Italia, en los Países Bajos, perder el paquete de sus operaciones comerciales con Las Indias, Menorca y Gibraltar. Sí, como lo leen. En la guerra entre austracistas y borbones, si a ganar se llamaba llevarse el gato al agua, habían ganado los austracistas. Y «chispún». Todo claro, neto y preciso. Gibraltar, según lo firmado, se quedó en manos inglesas.

Y en ellas lleva desde hace poco más de trescientos años, aunque hemos de reconocer que lo hace no sin que España lleve casi otros tantos dando la tabarra pidiendo su devolución. Peticiones estas que siempre se encuentran por parte inglesa con esa respuesta mezcla del esconderite inglés y Santa Rita, Rita, Rita lo que se da no se quita, que tan bien conocemos.

Y fue hace un par de semanas cuando nos tocó contemplar un nuevo episodio en esta novela de encuentros y desencuentros, peticiones y negaciones y dimes y diretes en el que se ha convertido este combate gibraltareño en el que ya nada es neto, claro y preciso, porque tras el último encuentro entre ingleses y españoles, y a pesar de que nosotros contábamos con la colaboración de nuestros aliados europeos (o precisamente por eso), hemos vuelto a conseguir «algo histórico» (sic) según Pedro Sánchez y «nada de lo que España quería respecto a Gibraltar» (sic) según Theresa May.

Lo que a más de resultarnos tranquilizador, hace que nos sintamos orgullosos, como españoles que somos, de que una vez más hayamos logrado de los ingleses algo que los ingleses dicen que no hemos conseguido. Las cosas claras, ¿ue no? Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

 

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