El cine lunar

El cine lunar

BERNARDO SÁNCHEZ

En la última secuencia de El cielo protector (1990), ella, Kit, tras un vagabundeo extraviado, como sonámbulo, se ve de nuevo en un punto de Tánger que cree reconocer. De hecho, algo le ha conducido hasta allí, necesariamente, la esquina del Cine Alcázar, en la Calle Italia, muy cerca de la Kasbah. Va ligera, casi volátil, con un vestido y una chaqueta de tonos azules, un azul celeste. En el Alcázar (que aún hoy existe, no es un decorado) ponen Remorques, de Jean Grémillon, Remordimientos. No por casualidad. Kit, en un paso giróvago, contempla fugazmente a Michèle Morgan y a Jean Gabin en su cartelera. Remordimientos podría ser, en lo nuclear de su drama, un reflejo de lo vivido por ella con Port y George, un círculo amoroso agónico, terminal, marcado por el deseo, la enfermedad, la traición, el peregrinaje y la fragilidad; entre el mar y el cielo, entre el sol y la luna. En un desierto azul. Kit se vuelve, y cruza la acera que comunica el Alcázar con el Café francés. Viene hacia nosotros. Y hacia Paul Bowles. Y hacia Bernardo Bertolucci. No lo sabíamos, pero estamos siguiendo a Kit a través de la cámara que observa sus movimientos desde el interior del Café donde se reunían los tres amigos amantes. En la calle hay mucho viento. Un viento que levanta toldos y ropas, como si estuviera a punto de borrarlos; que pega la tela del vestido de Kit a su cuerpo. Comienzan a sonar los compases arábigos del inicio de Je chante de Charles Trenet. Durante unos segundos, reina una atmósfera encantatoria, fabulesca, justo el tiempo en que Kit se acerca al cristal del Café y vemos su rostro, de mirada anhelante, carencial, que está buscando, que pregunta, que está viva y a la vez muerta. Una mirada prácticamente infantil. Y de pronto, la canción se motoriza, y la cámara con ella, en uno de los travellings hacia atrás, hacia el principio, más hermosos de la historia del cine; una regresión vertiginosa. Bertolucci solía referirse al placer de la regresión. Y la canción habla de un cantante errante que canta noche y día a lo largo del camino; que duerme sobre la hierba del bosque mientras la luna se le aproxima a paso de lobo; que tiene de todo y no tiene de nada; pero que a pesar de su ligereza le atormenta el hambre, y por eso se cae y muere a medio camino, y luego vive de nuevo como un cantante fantasma y... También habla de Kit, claro, que ya ha entrado en el Café y, todavía despistada, mira a un lado y a otro, buscando, mientras camina hacia su fondo (el del local, el de la pantalla y el suyo), en el que, por fin (y principio), se reencontrará con Bowles, que la aguarda en su seno, en sus ojos azules. Bowles no se ha movido de su puesto en el Café, en la novela, en la historia, en la película. Autor y testigo. Padre. Y entonces la cámara acompaña a Kit -una Kit, sin nada, despojada, fantasma, hambrienta, que ya ha medio muerto una vez- hasta el rincón donde habrá de reencontrase con quien más sabe de ella. Y escuchamos la voz de Bowles que le pregunta «¿Te has perdido?». Aliviada y reanimada, reflejada en la cinta de espejos que como un viejo praxinoscopio bordea el perímetro del Café, Kit responde que sí. Y Bowles concluye, hablando por los ojos: «Al no saber cuándo moriremos, pensamos que la vida es inagotable. Pero todo ocurre sólo un cierto número de veces. Y son muy pocas veces. ¿Cuántas veces más recordarás una cierta tarde de tu infancia; una tarde tan arraigada en tu ser que no puedes concebir tu vida sin ella? Quizá tres o cuatro veces. Quizá menos. ¿Cuántas veces contemplarás la luna llena? Veinte quizá. Sin embargo, nada parece tener límite». Y en este aviso para navegantes (que somos todos, entre el cielo y la tierra), el director de La Luna hablaba también por los ojos de Bowles a los ojos de Debra Winger, Kit, y a los nuestros. Para Bernardo Bertolucci el cine, su naturaleza de rayo lunar, era un cordón umbilical con la imagen matriz, materna; con una entraña de sueños y revoluciones no natas; con un instante, inefable, en el que coinciden la muerte y el nacimiento. En este lapso, sólo definible por su luz, ocurre todo el cine de Bertolucci y les ocurre todo a sus personajes, y a nosotros; un tiempo temporizado por una luna que viaja del azul al rojo prima della rivoluzione, al incendio sanguíneo. En su interior, en su cámara, el cineasta y el espectador son su Edipo, enamorado, errado y finalmente desojado, deslumbrado. Fetal.

 

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