La ciencia y su papel en la política

La ciencia y su papel 
en la política

«Desde la política se debe de escuchar y tener en cuenta a la ciencia. Pero, por otro lado, también los investigadores debemos implicarnos y poner de manifiesto las certezas y realidades de nuestros diferentes campos de trabajo»

El reciente libro de Ignacio Martínez de Pisón trata de un fraude. Un engaño que llegó al Boletín Oficial del Estado. Albert von Filek, que así se llamaba el embaucador y cuyo apellido da título al libro, tenía patentada la fórmula mágica para obtener combustible barato y que permitía prescindir de materias primas de otros países. Una mezcla de jugos vegetales fermentados, acetona, naftalina, agua y algún ingrediente secreto permitía echar a andar los coches y camiones. A finales de 1939, Francisco Franco, firmando diferentes decretos, impulsaba la Fábrica de Carburante Nacional y bendecía la iniciativa de Fileck.

A estas alturas del siglo XXI los lectores se pueden imaginar que el estafador y su fraude no duraron mucho, pero en la primera mitad del siglo XX no eran escasos los buscadores de fortuna a través de falsas gasolinas, supuestos yacimientos de oro o incluso recetas alquimistas para fabricar el preciado metal. Pero el engaño no lo perpetraron a gente indefensa con poca formación, se lo hicieron a toda una estructura del estado.

Unos mínimos conocimientos científicos son suficientes para alertar sobre la falsa e imaginaria gasolina. Es cierto que la dictadura española, y más después de la dramática desaparición de la Edad de Plata de las letras y las ciencias, no era el mejor escenario para que los expertos hicieran valer la verdad sobre el engaño. Pero no es menos cierto que en pleno siglo XXI seguimos teniendo graves carencias para que la ciencia tome la palabra y llegue a los parlamentos, a los ayuntamientos, a las normativas, a las leyes... Y cuando hablo de ciencia lo hago en su significado más inclusivo: ciencias experimentales, de la salud, sociales, de las humanidades... En definitiva, el nuevo conocimiento generado.

Recientemente el gobierno catalán ha legislado el consumo de leche cruda. Es paradójico lo atractivo que últimamente resulta volver al pasado. Volver a costumbres, métodos, rutinas con los que la esperanza de vida no superaba los 40 años. La pasteurización fue uno de los grandes logros para aumentar la seguridad alimentaria. La regulación catalana aduce, para impulsar la normativa, la necesidad de defender a los pequeños productores de leche. Sin embargo, esa debe de ser la difícil tarea de los legisladores, salvaguardar la salud y el progreso que ofrece el conocimiento, y ser imaginativos y talentosos para resolver los problemas de los ciudadanos. Este es solo un ejemplo, pero se podrían poner muchos más, en el que, en el día a día, la política da la espalda a la ciencia y a la evidencia científica.

Y para resolver este comprometido problema, a mi entender, la solución debe de estar en los dos sentidos. Desde la política se debe de escuchar y tener en cuenta a la ciencia. Iniciativas como Ciencia en el Parlamento, que promueve que la ciencia y el conocimiento científico sean cada vez más importantes en la formulación de propuestas políticas, debe permitir hacer unas políticas, y por tanto unas leyes, sustentadas en la evidencia.

Pero, por otro lado, también los investigadores debemos implicarnos y poner de manifiesto las certezas y realidades de nuestros diferentes campos de trabajo. Es más, los investigadores, como trabajadores del método científico, debemos evitar ponernos de perfil en muchos temas, aparentemente alejados de la ciencia, pero en el que nos jugamos el futuro de nuestro país. La Real Academia Española, en una de sus acepciones, define «intelectual» como aquella persona dedicada preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras. Sin embargo, los investigadores hemos cedido ese rol de intelectuales en beneficio de otros sectores de la sociedad, igualmente relevantes, pero más alejados de la creación de conocimiento y del método científico.

Los investigadores debemos de reclamar y asumir nuestro papel de intelectuales ayudando a tomar decisiones políticas sólidas y de progreso. Los investigadores de instituciones públicas, más alejados de conflictos de intereses empresariales, y parcial o totalmente formados con apoyos del estado, debemos transferir a la sociedad, no solo valiosas investigaciones, sino también el espíritu crítico y el método científico que nos debe caracterizar.

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