Las chinitas de la vida

FÉLIX CARIÑANOS

Parece ser bastante habitual en la vida de las personas el que se les presenten dificultades grandes o pequeñas. En ambos casos puede ocurrírsenos emplear la expresión «haberle tocado a uno (o a una) la china» para definir tal situación. La Real Academia Española, tan inhábil y retrasada en numerosas definiciones, muestra como primera acepción de china: «Piedra pequeña y a veces redondeada»; un amigo mío de Tudela la redondearía aún más añadiendo: «Y en otras ocasiones puntiaguda, con lo cual te jodería más».

Abro el escrito de esta manera porque recientemente, mientras hacía una visita guiada por mi ciudad natal a un grupo de paisanos, veraneantes, forasteros y peregrinos, volví a verla; ahí estaba. Se trataba de una escultura gótica del siglo XIII que desenterraron hace poco más de media docena de años en las ruinas de la antigua iglesia de San Pedro de mi pueblo. Una vez me dijo un amigo especialista que probablemente se trataba de la primera imagen del apóstol patrón del citado templo. Ni las autoridades civiles ni eclesiásticas acertaban a darle un destino acertado, así que la clavaron en el suelo de la singular cabecera de aquella primera parroquia de Viana. La obra de arte quedaba así a la intemperie, al alcance de los cotes o cantos rodados que dirigían diariamente hacia su rostro los inocentes infantes que jugaban en el parque. Esta sencilla intervención artística logró que fueran desapareciendo paulatinamente el paño de la cabeza, los ojos , los labios del bíblico clavero (el que guarda las llaves, por si usted no lo había entendido). Después de varios años, volvía a verla ahora en la colosal iglesia de Santa María, con la cara destrozada como si el Cassius Clay de su mejor época se hubiera enfrentado al veterano expescador. Expliqué como pude el atropello y cité que a cuatro metros de distancia, bajo la tarima de la capilla, descansa el camerano torrecillano Ramón María de Azpeitia, último obispo de la diócesis independiente de Tudela, fallecido en el destierro de Viana en julio de 1844. Más chinitas.

Prosiguiendo con estos leves tropezones, el lunes pasado leí en la sección Cartas al director un escrito de Benito Coterón Blanco, exalumno de un servidor de ustedes, acerca del cual guardo un gratísimo recuerdo. Me encantó su 'Trajes y corbatas o piercings y tatuajes'. En mi pueblo, afortunadamente, también hay jóvenes de esos con comportamientos humanos excelentes, sí señor (y señora). No se dejen engañar por las apariencias. Le contaré a usted, estimado lector, que en una de las variadas ocasiones en que me han dado una respuesta sobremanera agradable, habiendo sido invitado por el Gobierno regional de La Rioja a dar un conferencia a unos universitarios descendientes de riojanos y nacidos en el extranjero, al dar las buenas tardes al señor portero del palacete del Espolón y añadirle que había sido convocado por el consejero de Cultura, el señor conserje me soltó un «no sé si llamar al consejero o a la policía». Yo le di de nuevo las buenas tardes, me di la vuelta y mire hacia el Espolón; tuve la sensación de que se reía el caballo de Espartero, como si acabara de leer un chiste de Tris.

No se preocupe usted por estas chinitas aparentes y sea crítico con las rocas que procuran echarle encima los poderosos y sus colaboradores. Acuérdese de aquellas coplas, tan riojanas, que cantaban los jóvenes quintos de hace cien años y más, semejantes a esta que hoy se halla tan en boga: «Ya se va Ronaldo, madre, / ya se va mi corazón; / ya se va el que le tiraba / chinitas a la afición». Y me han asegurado de buena tinta que el Gobierno italiano no le ha hecho ningún asco a este inmigrante. Seguro que es, entre otras razones, a causa de su ejemplar comporta-miento con Hacienda.

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