Chantajistas

El submundo sale a flote cuando olfatea un poder débil al que apretar las tuercas

JUAN CARLOS VILORIA @J_CVILORIA

La palabra chantaje está ahora en la línea de fuego informativa. Se levantan las alfombras, se intervienen los teléfonos, se tira del hilo de un caso cualquiera y surgen como setas casos de presunta extorsión de altos vuelos y de baja estofa. Intentos de chantaje que operan con el combustible de la fama y la honra. En la carta del menú hay de todo. Grabaciones comprometedoras, fotos con la querida, perversiones, bancarrotas en el alero, pasados inconfesables. Creíamos que esto de la extorsión era un poco viejuno. Delitos de otra época. Pero de repente el presidente del Gobierno y la ministra de Defensa, que administra la información del CNI, afirman con solemnidad que el Estado «no acepta chantajes». Y como la mayoría no sabe de qué va la cosa, piensa mal y acertará. Esto es un totum revolutum porque la oposición acusa al Gobierno/Estado, precisamente, de aceptar chantajes. Chantajes de separatistas que quieren romper la nación o nacionalistas que quieren ordeñar la vaca hasta que no salga leche. También de sucumbir al chantaje de los populistas y poner patas arriba la Transición, o meter a los políticos presos o terroristas presos en el furgón para hacer el camino a casa. O tragar con las exigencias del gremio de los taxistas, que antes decían que eran todos franquistas, votaban a la derecha y escuchaban la radio de la Iglesia y ahora dicen '¡Sí se puede!' como los de Podemos. Los del PNV, que son maestros en el arte de manejar el castellano, lo llaman «llegar a acuerdos». También los de Manos Limpias y Ausbanc querían llegar a un acuerdo con la infanta. Total, eran dos o tres milloncejos de euros a cambio de retirar la acusación particular contra la hija del Rey.

Precisamente estos días empieza la vista oral del juicio a esas dos organizaciones que han hecho del chantaje (presuntamente) su negocio durante muchos años. Y no apuntaban precisamente a caza menor. La gran banca, la Corona, medios de comunicación, eran sus objetivos preferidos. Y el temor a la difamación, a la mala prensa, a una campaña en contra, rindió a sus mafiosillos jefes magros beneficios. Eso sí, ellos actuaban como defensores de «la gente». En medio de un contexto político extremadamente complejo, atomizado y compartido el poder debilitado por su precariedad parlamentaria, afloran todo tipo de chantajistas, conseguidores, y jetas. Todos quieren presionar para lo suyo. Salir de 'rositas' de una investigación penal o simplemente salir de la cárcel. Lograr neutralizar a la competencia empresarial o un capazo de votos regados con dinero público. De repente hasta el intocable jefe de los guardias civiles que persiguen la corrupción deja de tener la confianza del ministro-juez Marlasca. Aquí huele a todo menos a limpieza, transparencia, competencia y ética. La carrera de los 'listos' no ha hecho más que empezar. El submundo sale a flote cuando olfatea un poder frágil al que apretar las tuercas.

 

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