Cataluña. El momento

Cataluña. El momento

«Bien sabe el president, y le consta, que en su movimiento existen violencias muy potentes que sin dar bofetadas pueden silenciar a la mitad de la población»

JESÚS PRIETO MENDAZA ANTROPÓLOGO Y PROFESOR

En el llamado conflicto catalán han aparecido algunos signos de concordia. Ciertamente ahí están veladas llamadas al diálogo, el ofrecimiento de Ana Pastor para acudir al Congreso, la presencia del ministro Grande-Marlaska en la Junta de Seguridad y el discurso prudente del presidente Pedro Sánchez. Aun así, persisten evidencias desalentadoras en sentido contrario. Quim Torra, en su comparecencia en el Teatre Nacional de Catalunya, alentó al pueblo catalán a persistir en su lucha por la independencia con la consigna de que ahora es «nuestro momento». Una idea que, junto con Puigdemont, ha ratificado en Bruselas apelando a llenar las calles, por enésima vez, en pos de ese ideal que se percibe como posible. Me van a perdonar, queridos lectores y lectoras, esta frivolidad, pero su posición me ha recordado aquel viejo chiste en el que un guardia civil de tráfico se dirige a un conductor y le recrimina: -¿es usted consciente de que circula a una velocidad excesiva? La pregunta es cuestionada por el infractor con este argumento: -Pero, señor agente, velocidad excesiva... ¿en el tiempo o en el espacio?

No es cuestión de aludir a la teoría de la relatividad, pero sí cabría preguntarse sobre qué entiende el president por «nuestro momento». Y creo que ahí radica, una vez más, el gran problema de esta Cataluña que, en mi humilde opinión, sigue circulando por carreteras inciertas, conducida por pilotos temerarios y confiada en poseer un detector de radares de última generación, que, quizás no sea tan bueno como se anuncia.

Pero volvamos a la afirmación inicial. Es nuestro momento. Pero... ¿El momento de toda la ciudadanía de Cataluña? ¿Sólo el momento de la ciudadanía independentista? ¿El momento de la claridad? ¿El del 3%? ¿El momento de actuar en el marco de la legalidad? ¿El momento de abrir el Parlament? ¿El momento de mantenerlo cerrado de forma tiránica? ¿El momento de abrazarnos con nuestros vecinos no indepes? ¿El momento de excluir de forma definitiva a nuestros convecinos no indepes? ¿El momento amarillo? ¿El momento sin tanto amarillo? ¿El momento de la recuperación económica y el bienestar? ¿El momento de la independencia con pérdida de poder económico y más pobreza? ¿El momento de todos y todas? ¿El momento de sólo la mitad de la sociedad? ¿El momento de una Cataluña unida? ¿El momento de una Cataluña separada a la chipriota? Son demasiadas preguntas, lo sé, pero lo peor es que hay muchísimas más (y no me refiero a Artur) que, a pesar del tiempo transcurrido desde los inicios del 'procés', no son respondidas de forma clara sino con ambigüedades que no hacen sino aumentar un sentimiento de preocupación, generalizado en numerosos ámbitos de la propia sociedad catalana y abrumador en la sociedad española. Caramba, ¿alguien me puede decir de qué momento hablamos?

Mucho me temo que el concepto «este momento» no sea para el independentismo sino un cúmulo de momentos, momentos de parte, mis momentos y los momentos de los míos; momentos de los que quedan excluidos los demás (los otros), quienes o bien viven momentos equívocos o desviados, «momentos botiflers», o simplemente no viven ningún momento, pues tan sólo quien vive dentro del 'procés' puede hablar de verdaderos momentos, aquellos que pueden llenar de felicidad y vida plena a los 'auténticos catalanes', los verdaderos creyentes.

Y así está la sociedad catalana en los días previos a la primera Diada tras la marcha de Rajoy y la llegada de Sánchez, tan fracturada como hace un año. A pesar de que ciertos discursos nieguen la existencia de fricción ciudadana alguna, la realidad es que se esperan acontecimientos en una tensa calma. Es «nuestro momento», y unos lo hacen con alegría manifiesta, ocupando un espacio público con júbilo y otros lo hacen en el silencio de sus casas, tan sólo en el espacio privado, con tristeza.

Cuando el president Torra amenaza con desobedecer las sentencias o abrir las cárceles a sus «presos», cuando afirma públicamente que «no nos resignamos a unas sentencias injustas que solo traerían más dolor, más conflicto, más represión» está atacando la base misma de una democracia. Y lo que es más grave, insinúa, de forma velada, una Justicia excepcional que se pretende para los 'suyos' y, por lo tanto, no se contempla para «los otros» en la nueva república.

Al afirmar que «ante la opinión pública internacional, nuestra causa es más sólida y respetada que nunca», construye un discurso convencido de que el pueblo elegido no va a cuestionar el sermón del nuevo mesías. Oculta, eso sí, que su reto a España es también un desafío a la Unión Europea (en momentos muy delicados para su propia identidad, asediada por nacionalismos y populismos y cuando no está necesitada de nuevas complicaciones), la misma que, a través del Consejo de Europa, dictaminó en 2014 que «para que un referéndum sea democrático debe celebrarse ateniéndose al marco constitucional. Celebrar un referéndum que es inconstitucional contraviene los estándares europeos».

Y, finalmente, al decir que «el tiempo de las amenazas y el miedo ha acabado en Cataluña», se refiere a la violencia posible por parte del Estado. Pero bien sabe el president, y le consta, que en su movimiento existen violencias muy potentes que sin dar bofetadas pueden silenciar a la mitad de la población, incluso expulsarla de «nuestro momento». Como escribía José Saramago, refiriéndose a la obra de Kafka: «En 'El fogonero', el hijo es expulsado por los padres por haber ofendido la honra familiar. En 'La condena', el hijo es sentenciado a morir ahogado y en 'La metamorfosis', el hijo dejó simplemente de existir, su lugar fue ocupado por un insecto». Y los insectos no merecen vivir «nuestro momento». Simplemente se les fumiga.

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