La reforma del Estatuto

JUAN LUIS VARONA

Hace días que no tenía la fortuna de acercarme a Laurel y sus aledaños a disfrutar de unos pinchos y unos vinos. Ayer puse remedio a tamaño dislate y, para mi sorpresa, un clamor popular recorría sus bares.

¿De qué hablaban los parroquianos? ¡De la reforma del Estatuto riojano! Era difícil acercarse a la barra a pedir unos champis o unas orejas, pues el fragor de la discusión, en la que se involucraban los taberneros, ralentizaba el habitual discurrir frenético. ¿Qué sube o baja el paro? (o el vino), ¿que la crisis viene y va?, ¿que los pueblos se despueblan? ¡Qué más da! Lo importante (y, sobre todo, útil) es la reforma del Estatuto. Ahora parece que ya no va a ser posible hacerlo en un tiempo breve. ¡Qué desgracia!, algunos exaltados se rasgaban las vestiduras.

Yo, ignorante de mí, no daba crédito. Pensaba que los riojanos tenían otros asuntos como más importantes. No sé, que la sanidad tenga problemas, que la Universidad de La Rioja no tenga un duro, que tengamos las peores comunicaciones de España (quizás con permiso de Extremadura, aunque no acabo de tenerlo claro). Pero una cuadrilla de chiquiteros me sacó de mi error: cuando se reforme el estatuto, el hada de Cenicienta hará que las vías del tren se modernicen ellas solitas; de paso, volverán los trenes que ya no pasan por La Rioja. Si, además, damos las clases en inglés, será la leche.