A una mariquita

RUBÉN LAPUENTE BERRIATÚA

De pronto, en medio de la primavera, se estrella contigo. Y como guardas aún algo del oro de cuando eras un chaval, ése que con un sarmiento atado al cinto se creía capitán de toda esta almazuela de viñedos, demoras el soplo o ese ademán de echarla con la mano. Dejas que su pequeña vida te corra por la piel. Y la sientes, por tu brazo, como carrerilla de niño por el pasillo de tu casa. Sus zapatitos negros, como de goma, te taconean también la vida, la tuya, ahora detenida. Esa pequeña escarlata que lleva el mismo morral de siempre, que te pasa veloz las hojas de tu álbum, tan chiquita. Y como no tienes nada verde. Ni las venas son nervios de hojas tiernas. Como tus manchas no son de su estirpe. Como atisba un desierto, ni un oasis de pulgones. Deprisa. Antes de que levante los élitros, como guardas aún algo del oro de cuando eras un chaval, la sueñas como a un diente de león o como a una herradura de siete agujeros o como a un trébol de cuatro hojas y le vuelves a pedir, medio sonriendo, aquel mismo sueño de antaño, ya imposible, fracasado... Y la soplas... Y no sueltas el hilo de su estela...