No hablemos muy alto de inclusión

AMOR D. JIMÉNEZ

¿Es España una sociedad inclusiva? Ojalá. Sería gratificante gritar a pleno pulmón que la sociedad española es inclusiva. Sin embargo, nos arriesgamos a que por nuestro lado pase un inmigrante, un/a pensionista, una persona con diversidad funcional, una mujer, un/a estudiante o cualquier ciudadano/a que ve reprimida su libertad de expresión y como poco, nos cuestione.

No podemos decir que España es inclusiva; lo será en el papel. Sin embargo, en el día a día, los y las ciudadanas que trabajamos, estudiamos y luchamos por salir adelante, por forjarnos un futuro; la ciudadanía que cuida a personas dependientes, que trabajó y hoy no tiene una pensión digna, o que no puede trabajar y no ve por ningún lado las ayudas y prestaciones, o bien éstas son precarias e insuficientes... y un largo etcétera: no vemos, ni vivimos esa inclusión. Empezando por términos tan básicos como la accesibilidad para las personas con diversidad funcional, pasando por los derechos de los y las inmigrantes y terminando en un sinfín de desigualdades como el trabajo precario, la brecha salarial, la subida de impuestos a la clase obrera, la represión en la libertad de expresión, el descuido en la educación pública, los funcionarios con años y años de contratos eventuales e interinos, y de nuevo un largo etcétera. Por todas estas razones, y porque, según FOESSA, las grietas de la cohesión social son ahora más anchas en España, puesto que la fractura social se ha ensanchado un 45% del 2007 al 2013, lamento afirmar que España no es inclusiva, en términos de igualdad de derechos y condiciones para una vida digna de todas las personas que en ella residimos; no solo para las personas con altos cargos, banqueros/as, políticos/as y clase alta de la sociedad.

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