Gran tarde en La Ribera

FERNANDO LOZA MARTINEZ

El marco de esa celebración festiva y religiosa permite evocarla en términos taurinos. ¡Con la venia!

Diez mil participantes vivimos la alegría contagiosa y compartida de nuestra fe católica renovada. La plaza lucía un insólito aspecto: en el ruedo, 150 sacerdotes y religiosos concelebrantes -de blanco y oro- y un nutrido grupo de fieles representando a la diócesis; los enfermos, en lugar preferente; y en los tendidos, la multitud colorista y festiva de ciudades y pueblo de La Rioja entera; y muchos, muchísimos jóvenes voluntarios. A fe que lo hicieron con generoso entusiasmo y eficacia. ¡Gracias, chavales!

Emotiva fue la presencia de imágenes y santos patronos de toda la geografía riojana. Venían con el aroma añejo de siglos de fe cristiana y traían impregnado en sus rostros, tallas y mantos el perfume familiar de los campos, viñedos, cereales y frutos exquisitos de nuestra tierra ubérrima.

Entró al ruedo el obispo vestido de luces -pontificales, por supuesto- en un despacioso paseíllo -litúrgico, claro está-. Nuestro obispo es diestro de buen cartel y fieles seguidores y brindó al cielo, por todos nosotros, en su hermosa e inspirado homilía. Él iba presidiendo la eucaristía hasta el momento de la consagración, vivida en alto silencio de fe y devoción. En ese preciso instante cambio la presidencia: vino el mismo Señor Jesús sacramentado y su llegada fue la regia y suprema presidencia. Llegó el Señor a La Ribera, a su ruedo y sus tendidos, en la multitudinaria comunión. Bien sé que hay plazas de toros emblemáticas, históricas por su antigüedad, célebres por grande hitos taurinos, pero no me consta que ninguna de ellas tenga el singular privilegio de haber acogido en su ruedo y sus tendidos la presencia sacramental de Jesucristo. La Ribera ostenta ya ese honor excepcional, histórico y cristiano.

Con el rito final del 'envío', nuestro obispo nos dio la alternativa evangelizadora. Toda gran tarde termina con la salida a hombros por la puerta grande, y así fue: salían las imágenes, llevadas con devoción y orgullo por quienes las trajeron, en gozosa procesión, por las calles logroñesas atardecidas, camino de Santiago el Real.

¡Olé por el Señor que vino a la plaza! ¡Y olé por La Ribera!

 

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