Las otras estancias de Ropero

ROSA HERREROS TORRECILLA

Una profunda mirada a las diferentes «estancias» que la exposición del artista Miguel Ángel Ropero nos brinda conduce al espectador a sumergirse en múltiples referencias, en las que se le invita a crear y a recrearse disfrutando además de todo un mundo de connotaciones claves en la sensibilidad creativa.

Las estructuras geométricas, los volúmenes, las formas, se trasforman en ambientes cálidos repletos de filtros cósmicos por los que entra y sale la luz aliviando la penumbra, dotándola de tonalidades pálidas y sugerentes claroscuros.

El contraste constituye un brillante recurso en la obra del maestro riojano. Movimiento hecho ritmo, belleza en escorzo y puntuales guiños a los grandes maestros de la pintura conviven en armoniosa discordancia con la modernidad del trazado geométrico, la intensidad de la luz o la audacia del color.

En la paleta mágica de Ropero se produce esa lógica aproximación entre las sensibilidades entrañablemente transgresoras encarnadas en el anárquico músico y cineasta Woody Allen, crítico implacable de los avatares sentimentales de la sociedad burguesa neoyorquina y la reina del Art Decó, Tamara de Lempicka, icono pop adelantada a su tiempo, defensora del hedonismo e ilustradora de la decadente burguesía parisina.

Por otra parte, no olvida el maestro la unión de los mitos relativos al dios Baco con los ritos ancestrales de fertilidad del dios Pan, materializada en una peculiar versión de espléndidos desnudos femeninos. La fiesta comienza, el amor se engalana y es la vida misma, convertida en simbiosis de energía y lirismo, la que nos acerca al fascinante mundo de la farándula carnavalera. Sus criaturas se desnudan, el movimiento de sus brazos, torsos y piernas cobran vida cuando el ritmo que duerme en los cuerpos se siente espoleado por la música dando lugar a la danza galante y jovial, al juego amoroso, al gozoso disfrute de los sentidos. Juntos y revueltos, sin clase business marcando fronteras.

Y esa música, sabia combinación incoherente de sonidos y silencios, se derrama imperceptible y deja sentir su magia envolvente penetrando nuestros sentidos y suscitando nuestras emociones. Los músicos de Ropero, desheredados de la tierra y perroflautas llenos de ternura, nos seducen con sus acordes lúdicos y festivos, tanto como la historia de amor del hombrecillo del bombín y la bella Lilí, que nos remite al entrañable universo circense impregnado de sentimentalismo conmovedor y simpatía por los perdedores y marginados.

Felicidades al artista Miguel Ángel Ropero por estas emblemáticas «estancias» cargadas de simbolismo que despiertan nuestra curiosidad y nos fascinan, y un sincero agradecimiento a su creatividad, porque nos permite asomarnos a ventanas nuevas para contemplar paisajes diferentes.