La educación de nuestros hijos no es un juego

MARÍA DEL VALLE ORTEGA TORRES

El efecto bumerán de la educación da para mucho y más si hablamos de procesos de leyes de la educación (que no sé las que llevamos) y normativas educativas comunitarias que se hacen eternas en su implantación y breves en su vigencia. O, lo que es peor, quedan arrinconadas en el olvido.

Tenemos un sistema educativo muy cambiante. De tormenta en tormenta me pregunto si es tan difícil tener o llegar a un consenso que dé larga vida a una ley de educación. Quiero dar un toque de atención justo en esto. Las familias en general vivimos con mucha incertidumbre e inquietud que cambien constantemente las reglas del juego. Según el gobierno que toque se derogan o cambian artículos; como se hace se deshace y así llevamos la tira de años. Hay mucho que hacer, vemos poca seriedad y mucha irresponsabilidad, en nuestra política. Faltan profesores en los centros educativos, otros que andan desbordados y saturados en sus funciones con un cupo excesivo de alumnos, por no hablar de las bajas no cubiertas de inmediato; faltan profesionales capacitados para detectar los problemas a tiempo en el alumnado y sobran centros con un ratio de alumnos imposible de atender adecuadamente; falta una enseñanza de calidad que realmente cumpla lo que predica: una atención a la diversidad mejorada, profesionalizada y obligatoria para todos los centros, porque todos, con o sin diagnósticos, somos diferentes.

Familias desorientadas, preocupadas haciendo malabares en la educación de sus hijos, de aquí para allí sin rumbo. Fomentar la necesidad de interacción entre familias y centros escolares. Reconocer a ambas instituciones como parte del proceso educativo fomentando una buena relación efectiva de confianza y ayuda entre los padres y los profesores que no existe. Otro problema a solucionar, la incapacidad de mantener a los estudiantes entusiasmados con su aprendizaje. No más clases, sino mejores clases. La necesidad de una educación inclusiva real y de calidad para todos, los chicos y chicas, con todos los derechos.

Lamentablemente, no vemos otra cosa como gran noticia, que el estar enfrascados con el contar o no con la calificación de la asignatura de religión o eliminarla de los centros educativos, como si eso fuera el principal problema del fracaso escolar. O, peor, nos entretenemos en buscar a los posibles culpables salpicando a los profesores, los padres, los alumnos, no se salva ni la abuela, por no hablar de los ataques a la concertada que según algunas malas lenguas son los malos de la película que se llevan parte del pastel.

Nos gustaría a las familias que los políticos dejaran aparte ideologías y luchas de poder y alcanzasen un consenso educativo definitivo y serio, con acuerdos mínimos básicos sin vaivenes. La educación de nuestros hijos no es un juego. Es el futuro de todos.