Dignidad perdida

SARA SANZ RIVAS

Mírenle a los ojos. No aparten la vista cuando se crucen con ella. La profundidad de su mirada les va a dar más información que cualquier palabra. A mí me pasó cuando, trabajando en Melilla, me senté frente a Edit para conocer su historia. No hizo falta que me contara nada para adivinar lo que después me relató entre lágrimas. La mujer que tenía enfrente, con el rostro serio, clavando sus pupilas en las mías, reclamaba su derecho a existir, a ser vista y tratada como persona, con la dignidad que todo ser humano se merece. Una dignidad que le habían pisoteado en el camino hasta España. Es la ruta de la vergüenza, del abuso, de la extorsión, del horror. Y las mujeres se llevan la peor parte. Esas mujeres que desembarcan de las pateras, de los buques de rescate o las que llegan escondidas en coches a Ceuta y Melilla (porque no pueden saltar la valla) han vivido un infierno. Y no lo digo yo. Lo revelan sus miradas, si se atreven a ver más allá de las imágenes de televisión. Lo revelan informes como el último de Women's Link Worldwide (Mujeres en las redes de trata: Derechos robados, 2017). Y lo revelan algunas mujeres que, como Edit, deciden contarlo para evitar que otras jóvenes, incluso niñas, sigan pasando por lo que ella pasó. Edit me contó su historia en Melilla, después de haber dado a luz a Samuel. Llegó a esta ciudad embarazada, como muchas otras mujeres subsaharianas, después de una larga travesía desde Camerún. Otras mujeres vienen desde Senegal, Guinea o Congo, atravesando Nigeria, Níger y Argelia. Escogen diferentes rutas, hacia Marruecos (para llegar a España) o hacia Libia (para llegar a Italia), y en cualquiera de ellas, son víctimas de abusos y violaciones: en cada país, en cada frontera, en el terrible desierto de Argelia. Y aquí, al llegar a este punto, Edit se derrumba. Algunas de esas mujeres, como me relató con voz quebrada, no tienen más remedio que vender su cuerpo por algo de comida e incluso por unas gotas de agua. Muchas (y muchos) se quedan en el camino agonizando. Y es que la cifra de los ahogados en aquel insondable mar de arena no figura en las estadísticas. Si existieran, sería todo un escándalo.

Edit logró superar lo insuperable hasta llegar a Marruecos. Pese a estar sin fuerzas, decidió seguir adelante. Otras mujeres, forzadas y obligadas, se quedan en prostíbulos en los suburbios de las grandes ciudades marroquíes, como Casablanca o Tánger, con los niños fruto de esas violaciones. Abandonan su sueño de alcanzar algo mejor porque tienen el alma rota de tanto abuso. Tampoco pueden retornar con sus familias: se exponen a revivir el infierno en la travesía de regreso, al rechazo de haber fracasado volviendo con un bebé que nadie aceptaría y a las amenazas de las redes de trata que las han captado, quienes les presionan para proseguir ese calvario. Su dignidad se la han robado y ni siquiera su propia familia se la devolvería. Se quedan en un purgatorio involuntario, sin documentación, sin derechos, sin vida. Y en ese limbo, antes de llegar a España, también son utilizadas como esclavas sexuales en Libia, tal y como denuncia la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), o en Marruecos, mientras esperan escondidas a cruzar la frontera con Ceuta y Melilla.

Y las que pisan finalmente suelo español, algunas con sus bebés y niños en brazos son las que, a veces, nos cruzamos por la calle. Cuando las vean, recuerden lo que les he contado para que, entre todos, les ayudemos a recuperar la dignidad perdida.

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