La barrendera

RUBÉN LAPUENTE

Se llama Guiomar y es la nueva barrendera de mi barrio. La que arrastra sus aperos en un carrito. La que sólo tiene ojos para el suelo.

Maldice las colillas, los chicles pegados, la piel de los plátanos. Le revienen los gargajos. Prohibiría las pipas con cáscara, los palillos de los helados, los alcorques de los árboles y estaría por fundar un hospicio de descarriadas bolsas huérfanas de manos. Y menudo rebote se agarra, cuando recogiendo de la calle esa «delicada delicia canina», sueña en hacerse delatora de todos esos insolentes finolis amos de perros con máster en hacerse el longuis y con más morro que un pintor de arte abstracto.

Pero lo que le gusta de verdad es recoger las fatigadas hojas de otoño, los primeros pétalos de las flores en alas del viento, los aviones de papel bajando del cielo de los balcones del barrio. Y jugar a cazar al vuelo la bohemia bandada de pelusas de los chopos del Ebro, tan dulcemente heridos por tantas hornadas de haces de flechas de amores primeros...

Le agradaría pasar por las calles, pero como las dejó ayer, refregadas, relucientes. Y hacer como que barre el polvo de oro del primer rayito de sol entrando, o recoger de mentirijillas, bajo los bancos de madera, los fugaces besos furtivos, esos que se caen, casi sin vida, sin degustarlos... Y raspar y raspar las aceras con un cepillo, hasta dar con el escondite dorado de la pátina del tiempo... Pero la ciudad es tan fértil, que da una cosecha diaria de inmundicia, de barreduras, de hartazgo. Y a primera hora, siempre piensa en dejar el escobillón, la pala, el basurero con ruedas, y colgar su uniforme de luciérnaga. Pero, basta que se levante un viento en la calle, que su rimero de hojas amarillas revolotee, que corra detrás de todas, y a la vez de ninguna, que casi las tiente en el aire, para que, al pararse, y darse cuenta de que no son ni mariposas, se pregunte, si no será, que, a lo mejor, sólo ha nacido para barrendera.

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