Carnavaladas

En Cataluña prosigue la mascarada, que tiene su prolongación cuaresmal y resacosa en la Audiencia Nacional

Carnavaladas
FELIPE BENÍTEZ REYES

Terminaron los carnavales, menos en Cataluña, donde prosigue la mascarada. Una mascarada que tiene su prolongación cuaresmal y resacosa en la Audiencia Nacional, donde se ven menos antifaces que caras largas, donde se oyen menos risotadas que argumentos exculpatorios, aunque sin el componente de la contrición, porque los héroes pueden justificar sus heroicidades, por descabelladas que resulten, pero jamás arrepentirse de ellas. Ve a uno a esos políticos en el banquillo y se pregunta: «¿De verdad pensaban que...?». Y la respuesta no es concluyente: tiene uno la impresión de que se creyeron aquello y de que a la vez no se creyeron nada de aquello, empujados y arropados por una especie de espíritu de Fuenteovejuna, convencidos quizá de que la dilución de la responsabilidad de sus decisiones no iba a implicar consecuencias penales para nadie en concreto, al tratarse de gestos colectivos y legitimados además por una buena parte del pueblo oprimido que fue liberado de su yugo durante unos segundos emocionantes. Pero el problema de las leyes es que son leyes, por poco que te gusten como tales leyes, por poco que te entusiasme su cumplimiento y por mucho que te arriesgues a incumplirlas en función de un mandato más o menos popular y más o menos esotérico.

Mientras los más desventurados de sus compañeros de aventura penan en presidio, Puigdemont acrecienta su gestualidad napoleónica, aunque cada vez con un talante más cercano al de Tartarín de Tarascón, el protagonista quijotesco de aquella novela de Alphonse Daudet que pasó de burgués apacible a héroe a la fuerza, con su componente de enternecedora comicidad. Pero si bien Puigdemont resulta quijotesco, su robot a distancia, Torra, tira más a sanchopancesco, en concreto a ese Sancho Panza que gozó del gobierno fugaz de la ínsula Barataria. Desde su trono provisional y en gran medida vicario, a Torra debemos una de las aseveraciones más categóricamente desconcertantes de nuestra historia reciente: «La democracia está por encima de la ley».

Imagino que estarán de acuerdo conmigo en que para concebir una frase así hay que tener una visión muy original tanto de la democracia como de la ley, consideradas como elementos disociados y cabe suponer que irreconciliables, que es lo más curioso de todo. Cabe suponer que por «democracia» el señor Torra entiende la voluntad popular en sentido impresionista, a ojo de buen cubero, como quien dice, un poco a voleo. Y sí, qué duda cabe: si un buen número de ciudadanos decide que el pan debe ser gratuito y saquea todas las panaderías de una ciudad, no sólo estaremos ante un acto genuinamente democrático, sino también ante un merecido escarmiento a esa ley que castiga el saqueo. Para eso sirve la democracia: para que las leyes no se pasen de listas.

Larga vida al carnaval.