En otoño el mundo editorial abre el cofre de sus novedades porque los libros son antídotos contra la fugacidad del tiempo y en esta estación ... se siente de forma más nítida: caen las hojas de los árboles, las viñas se vuelven rojas y de golpe uno recuerda lo efímero que es todo. Es un motivo bonito y me apetece creerlo, pero también ocurre que estos días son perfectos para la lectura, con la calefacción encendida, el mal tiempo golpeando con sus nudillos de viento al otro lado de la ventana y la Navidad a la vuelta de la esquina.
Un libro no puede salir en agosto, tiene que ser ahora, por eso los escritores se enfundan el jersey de lana para lanzarse a la melancolía dorada de los encuentros sobre narrativa, los premios literarios y las presentaciones con dedicatorias para los lectores; acabamos de vivirlo con mis compañeros Marcelino Izquierdo y Jorge Alacid, igual que han hecho también Anna Terés, Óscar Soto Colás o Iván Mendoza, y en breve Andrés Pascual, Pablo García Mancha y Carlos Villar serán quienes nos ofrezcan el fuego de la palabra frente a la oscuridad del olvido.
En la famosa carta a su amigo Oscar Pollock, Kafka le dice que «sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan», libros que sean un hachazo en mitad del pecho. Aplicándole ironía al sentido de su frase, este otoño literario nos deja dos novedades que hacen justamente eso, molestar: el primero es Juan del Val, flamante premio Planeta con su séptima novela (siete ya, la gente anda santiguándose), y el otro es el rey Juan Carlos, que ha publicado sus memorias en Francia; el hombre tendrá sus motivos pero a mí ese exilio editorial me ha recordado un poco al pudor del tipo que baja a tirar una televisión rota en el contenedor cuando nadie lo ve. Más que para las estanterías, las memorias del emérito están concebidas como combustible para las tertulias y por eso se venderán bien. Tiene pinceladas de venganza y de justificación, el epílogo literario de una vida llena de claroscuros con frases antológicas: «A pesar de mis ausencias y gracias a mi mujer, espero haber creado un hogar seguro y agradable». Ahí tendría que haber seguido con el famoso inicio de 'El camino' de Delibes: «Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así».
Pero el que no vamos a poder disfrutar es el de Leire Díez, cuyos tejemanejes respondían, según ella, a que estaba trabajando para escribir un libro; la excusa de la literatura como síntesis perfecta de esta época en la que todo puede venderse como producto cultural si se envuelve con el papel adecuado. Es una pena que no lo vaya a publicar, porque yo ya la veía de finalista en el próximo Planeta poniendo caras intensas mientras la prensa le preguntaba por sus autores de cabecera.
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