La campaña permanente

Cuando más se adentran las actitudes electorales en el proceso legislativo más se debilita el respeto por el adversario y más improbables son los acuerdos entre competidores

La campaña permanente

Encaramos un año lleno de convocatorias electorales. Que haya, de momento, dos campañas y cuatro niveles de gobierno y representación que se renuevan puede darnos a entender que se trata de un año excepcional, cuando de hecho la regla es la contraria: hace tiempo que en todas las democracias la lógica de las campañas lo ha invadido todo, haya elecciones inmediatas o no. Tampoco me refiero al hecho de que hayan tenido que repetirse algunas elecciones y que nada nos asegura que no pueda volver a producirse. Incluso los años sin convocatoria electoral son tiempos de campaña. Debería preocuparnos que las campañas, su estilo competitivo, a veces irresponsable y afectado, ocupe un lugar excesivo en la democracia. Quienes gobiernan y quienes están en la oposición lo hacen como si estuvieran en campaña, al igual que los medios de comunicación, que nos informan principalmente de aquellos asuntos de proceso político que tienen mas que ver con la lógica de las campañas electorales, su antagonismo y combate, sobre lo espectacular y competitivo, pero apenas sobre las acciones del gobierno y mucho menos sobre los acuerdos, que suscitan menor atención pública que los conflictos. La ciudadanía termina por creer que no hay nadie gobernando y que los acuerdos políticos no existen.

Esta invasión de la lógica electoral tiene algunos efectos perversos sobre nuestros sistemas políticos, acerca de los cuales me gustaría llamar la atención. Nos preguntamos con frecuencia por qué son tan difíciles los acuerdos y solemos echarle la culpa a la fragmentación política, pero la causa de fondo no es esa sino la dominación de la lógica de la campaña sobre todo el proceso político. Hay una oposición estructural entre hacer campaña y gobernar; actitudes que sirven para lo uno dificultan lo otro. Esta contradicción se agudiza cuando se hace campaña con un estilo que dificulta los futuros (e inevitables) acuerdos, como hacer promesas incondicionales o desacreditar a los rivales. La retórica de las campañas forma parte de nuestras prácticas democráticas, pero gobernar es algo diferente, que obliga a pactar y hacer concesiones; quien gobierna necesita oponentes con los que colaborar y no tanto enemigos a quienes desacreditar en todo momento.

Una campaña es competitiva, un juego de suma cero y por eso se orienta inevitablemente al objetivo de derrotar al adversario. Las campañas apenas proporcionan la posibilidad de diálogos constructivos porque sirven fundamentalmente para agudizar el contraste y polarizar simplificando la elección que viene después. Pero algunas cosas que ayudan para ganar la campaña (como las promesas excesivas o dramatizar la polarización) son luego poco útiles para gobernar bien. Cuando más se adentran las actitudes de la campaña en el proceso legislativo más se debilita el respeto por el adversario y más improbables son los acuerdos entre competidores. El hecho de que hayamos convertido a la política en una campaña permanente es una de las razones que explican que en nuestras sociedades se haya fortalecido la mentalidad contraria a los acuerdos. El problema no es que, tras el final del bipartidismo, haya más actores en juego y construir una mayoría deba implicar a varios, sino la mentalidad extremadamente competitiva que se ha instalado en nuestra vida política.

El sistema se ha desequilibrado y gobernamos con el mismo espíritu de la campaña, con sus actitudes y vicios. La campaña permanente ha borrado casi por completo la diferencia entre estar de campaña y estar gobernando. Dicho de otra manera: los políticos hacen demasiada campaña y gobiernan demasiado poco. Esto se pone de manifiesto incluso en que apenas hay división del trabajo entre ambas tareas y con frecuencia quienes asesoran acerca de cómo ganar las elecciones siguen asesorando acerca de cómo gobernar.

La democracia necesita instituciones que moderen el peso que las campañas ejercen sobre el gobierno, el cinismo y la mutua desconfianza que generan. En todo caso, para que haya una buena cultura política es preciso economizar dos cosas: las promesas y el desacuerdo. Prometer en exceso facilita la propia elección pero dificulta la acción de gobierno, que exige transacciones y pactos, es decir, incumplimiento, cuando menos parcial, de lo que se promete en las campañas. Del mismo modo, conviene no exagerar el desacuerdo, defender las propias posiciones de un modo que no necesariamente implique rechazar las posiciones diferentes. Hagamos campaña, por supuesto, pero sin olvidar que ese otro cuya elección desaconsejamos tal vez nos sea necesario como un aliado en el futuro, para gobernar o simplemente para sacar adelante ciertos proyectos compartidos. Suponer las peores intenciones en quienes se nos oponen puede ser a veces psicológicamente gratificante pero erosiona las bases del respeto mutuo que es necesario para construir compromisos en el futuro.