Camino a ninguna parte

MARÍA ANTONIA SAN FELIPE

En política, un minuto puede parecer un siglo y un siglo puede resumirse en un minuto, de igual modo lo blanco puede pasar a negro y lo negro volverse blanco al tiempo que nos frotamos los ojos por si nos hubiéramos vuelto daltónicos del asombro. Ahora todo es tan volátil y efímero que las noticias caducan antes de asimilarlas.

El lunes, un wasap de Ignacio Cosidó trataba de tranquilizar a los senadores populares sobre las bondades del pacto con el PSOE para la renovación de la cúpula judicial argumentando la ventaja de que podrían controlar la Sala Segunda del Tribunal Supremo «por detrás». Resumiendo una patada a la Justicia en medio del génesis, como diría alguno. La Justicia lleva un año horrible, desde la polémica sentencia sobre la Manada al espantoso ridículo con la marcha atrás en la doble sentencia sobre los gastos hipotecarios y ahora, para acabar de rematar el descrédito, el portavoz del PP en el Senado y exdirector general de la Policía, nos deja las cosas meridianamente claras. El juez Marchena, el propuesto para presidente del alto Tribunal, ha tenido un obligado gesto de decencia y ha renunciado a optar al cargo. Una cosa es la sintonía ideológica y otra el servilismo partidista, ha debido pensar el magistrado. El resultado es que el pacto ha saltado por los aires y que Carlos Lesmes, que debió dimitir hace unas semanas, verá prorrogado su mandato hasta que Colón vuelva a descubrir América con Casado de lugarteniente. Antiguamente los dioses para castigarnos nos enviaban innumerables plagas, ahora nos confunden con las redes sociales y así los tuits y wasaps multiplican los exabruptos, las maldades y las estupideces hasta atropellarnos como la marabunta.

La siguiente plaga que nos asola lleva unos meses alterando la convivencia pero el punto álgido tuvo lugar en el templo por excelencia de la palabra: el Congreso de los Diputados. La sede de la soberanía popular se ha instalado en la bronca y la chulería, en una tensión innecesaria desprovista de cualquier rastro de talento, el enfrentamiento se está trasladando a la calle produciendo un clima de crispación innecesario. Desde que se banalizó el término golpista adjudicándoselo el PP al presidente del gobierno, las palabras golpista y fascista acompañan a otros adjetivos que se lanzan en el hemiciclo como si fueran confetis. Es evidente que la ausencia de inteligencia no puede ocultarse con la proliferación de insultos y vejaciones al otro. Si la gresca y la ofensa son el modelo de discusión que nos aportan sus señorías que nadie se extrañe de que en la calle afloren posturas extremas.

El miércoles la degradación a la que ha llegado la institución ofreció un espectáculo indigno y muy preocupante. El diputado Rufián, siempre ávido de notoriedad, protagonizó una intervención pendenciera y camorrista contra el ministro Borrell que culminó en su merecida expulsión y en un posterior escupitajo o conato de escupitajo al ministro de Exteriores. Querer minimizar lo que está ocurriendo resulta imposible porque el clima bronco se ha instalado como una niebla intensa. Las imágenes y los sonidos nos han hecho sentir vergüenza a muchos ciudadanos. Salvo los muy forofos de cada parte, la mayoría observamos el panorama con una inmensa amargura. Tras cuarenta años de democracia es imposible no sentir cierta melancolía porque este camino, señorías, no lleva a ninguna parte.

Estoy con el escritor Manuel Vicent que, con la clarividencia que dan los años, antes de estos últimos sucesos, premonitoriamente, escribía: «...en realidad existen dos Españas, no la de derechas o de izquierdas, sino la de los políticos nefastos y líderes de opinión bocazas que gritan, crispan, se insultan y chapotean en el estercolero y la de los ciudadanos con talento que cumplen con su deber, trabajan y callan». Señorías, yo creo en esta segunda España que, a la postre, es la verdadera. Creo en esa ciudadanía que añora sentirse orgullosa de su democracia y no quiere avergonzarse de quienes la representan.

 

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