California en llamas

La escasez de recursos para preverlos y apagarlos carece de justificación

DIEGO CARCEDO

Ni los más avanzados sistemas para crear imágenes dantescas de Hollywood serían capaces de mostrar en las pantallas un espectáculo de fuego y terror tan dramático como el que se ha vivido estos días en el Estado norteamericano de California. La realidad se reveló una vez más superior a la capacidad de la ficción en el incendio que asoló la ciudad de Paradise que durante unos días transmutó su nombre para convertirse en un verdadero infierno en el que el fuego se llevó 76 vidas y el pánico desperdigó en la huida a más de un millar de otras de momento consideradas como desaparecidas.

Nadie está libre de que en un mal momento el fuego se extienda a su alrededor y le cause la muerte más angustiosa de todas. Los incendios son una amenaza constante para las personas y para la naturaleza que nos cobija. Pero es sorprendente que alcance las proporciones del que dejó calcinada a una ciudad próspera de 26.000 vecinos, pero más sorprendente aún es que se trate de una ciudad de California, el Estado más rico y próspero de los Estados Unidos, desde donde se irradian los avances de las nuevas tecnologías, los más grandiosos espectáculos y donde la renta per cápita de sus habitantes es de las más altas del mundo.

California es el más rico y poblado -36 millones- de los cincuenta Estados de la federación norteamericana y el que siempre es mostrado como un ejemplo de pujanza, desarrollo, creatividad y bienestar. Se repite con mucha frecuencia que, si fuese independiente, como algunos de sus conciudadanos pretenden, estaría entre los doce países más poderosos del mundo. Sin embargo, la incapacidad que suelen demostrar sus gestores públicos para manejar sus presupuestos y, en este caso concreto, para impedir y controlar los incendios se halla a nivel de subdesarrollo africano.

No es ni mucho menos la primera vez en los tiempos recientes que California ofrece el penoso espectáculo de sus bellos paisajes ardiendo y la deplorable incapacidad de sus servicios públicos para reducirlos y poner a salvo a los habitantes atrapados por las llamas. En los cinco últimos años han sido los más frecuentes y graves de los que se han tenido noticia. La sequía que se viene padeciendo es sin duda una causa y las desfavorables condiciones meteorológicas para extinguirlos, otra. Pero la escasez de recursos para preverlos y apagarlos carece de justificación. Que ocurra en el país con mayor capacidad para enfrentar la adversidad incrementa la indignación.

De los incendios en California no cabe acusar a Trump. Es el Gobierno del Estado, que encabeza el demócrata Jerry Brown, quien asume la responsabilidad por incompetencia y tacañería a la hora de gestionar recursos que si en algún lugar no deberían escasear es en California. Pero el presidente tampoco sale bien parado de semejante crisis: su insensibilidad humana y su calaña política de insolidaridad han quedado patentes con su negativa a visitar el lugar de los hechos para consolar a las víctimas.

 

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