Caja de resonancia

CONCHA ARRIBAS

Cada día somos más intransigentes, más testarudos, nos interesa solo aquello con lo que nos encontramos a gusto. Nos quedamos en lo que agrada porque no nos produce malestar intelectual, ni nos increpa. Alguien me decía hace unos días que le cuesta menos mantener relación dinámica con otra amiga a través del guasap que en una conversación corriente. Nos diluimos en la tecnología. Cómo no, si un niño desde que nace no ve otra cosa a sus padres, se comunica con los abuelos por face time, se les pone dibujos o series para que coma, para que duerma, para que no de guerra, para viajar. ¿Dónde está el cuento que era el preludio del sueño? ¿Las canciones que alegraban el viaje familiar?

Pasear por la ciudad es un ejemplo de ello. Ves parejas enganchadas al móvil, interesadas por aquello que les han enviado otros considerándolo más importante que disfrutar del diálogo con la persona que te acompaña. Creemos más en los 'amigos' ficticios de las redes que, en la mayoría de los casos, no conocemos que en aquellos que trasmiten emociones, inquietudes, sentimientos. Los alrededores de los centros educativos a las horas del recreo nos ilustran este escenario: escolares de todas las edades sentados o deambulando cada uno atado a su móvil como principio de la vida.

Entiendo que «somos así menos felices como sociedad, si dedicamos menos tiempo a las cosas que nos hacen humanos y nos pasamos cuatro horas que tenemos libres al teléfono haciendo lo mismo», decía hace unos días un psicólogo experto en comunicación.

Los estoicos hablaban de las cosas que se pueden cambiar porque dependen de nosotros y otras que resultan imposibles porque no dependen de nosotros. La tecnología bien utilizada nos hace avanzar, nos facilita la vida, nos ayuda en la búsqueda de información, pero la actual cultura del éxito domina nuestra realidad de manera fútil y frívola, inconsistente y frágil.

La tecnología nos abduce, doblega nuestro sentido crítico, impide la reflexión serena, el diálogo constante y nos homogeniza ideológicamente. Evita nuestra creatividad, nos sentimos satisfechos cuando han dado muchos 'me gusta' a un asunto que hemos expresado, siempre siguiendo las pautas que la tecnología marca. Luce 'saber' un poco de todo a través de titulares, poder exponer con conocimiento de ilustrado, un dominio de la actualidad fuera de serie. Pero lo preocupante es que todos estamos igual de instruidos porque la tecnología acapara, iguala nuestro pensamiento para llevarnos hacia lo que se ha dado en llamar pensamiento único. Cajas de resonancia que los gobernantes le encuentran provecho, así nos gobiernan manipulando la realidad, dirigiendo el pensamiento colectivo.

Creemos que interactuamos con la tecnología y no nos damos cuenta que ella es la que está marcando nuestro dormir y nuestro despertar.

 

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