17 búlgaros en un zapato

17 búlgaros en un zapato

PIEDAD VALVERDE

Este mes de septiembre hemos visitado Londres. Ha sido un viaje fenomenal, especialmente porque nos ha acompañado mi hija Marina que hace ya unos años que vive fuera de Logroño. Fue un regalo disfrutar unos días de ella y además comprobar cómo se desenvuelve en inglés, incluso por teléfono, lo que demuestra que, definitivamente, pertenece a una generación más preparada y más internacional que la mía. Siempre es agradable para una familia confirmar que lo invertido en la formación de los hijos merece la pena. Por mi parte, cada día que pasa, le voy pareciendo más a mis padres en el sentido de que mis asuntos se van quedando relegados con respecto a los de mis hijas y reconozco, sin complejos, lo orgullosa que estoy de lo que saben y de lo que hacen. Pero no es eso lo que quiero contarles, soy consciente de que no es nada extraordinario y que nos ocurre a la mayoría de la gente porque es ley de vida.

El caso es que Marina quedó un día con un amigo de Granada de origen búlgaro. Precisamente yo lo conocía y apreciaba mucho a su familia porque su tía había cuidado a mi padre con el servicio de ayuda a domicilio. Hacía tiempo que los dos no se veían y ella quería saludarlo. Cuando le propuso encontrarse en la estación de metro de Hyde Park, el muchacho le contestó que no sabía dónde estaba porque no salía nunca pero que lo buscaba en el mapa. Mi marido y yo la dejamos en esa estación y aprovechamos para visitar el Museo de Victoria y Alberto que tiene unas estupendas salas dedicadas al teatro.

A las dos o tres horas, cuando Marina regresó, me interesé por lo que le había contado su amigo. Parece ser que no estaba demasiado contento. Vivía en una casa en las afueras de Londres compartiendo piso con diecisiete compatriotas, entre los que se encontraban sus familiares que eran los que les habían conseguido el empleo. Trabajaba en un hotel. Al principio sin contrato, tenía un solo día libre y pagaba 100 libras a la semana por el alojamiento, así que no le quedaban ganas ni dinero para hacer turismo. Pero de lo que se lamentaba es de que no estaba aprendiendo inglés porque sólo hablaba en búlgaro. Yo recordaba que este chico era licenciado por la Universidad de Granada y Marina me aclaró que el único trabajo que había encontrado en Granada era una media jornada que no le daba para vivir.

En ese momento me parecieron una frivolidad mis quejas de turista por lo mal que se come y lo caros que son los hoteles. Resulta que había ido al centro financiero y cultural del mundo para descubrir, de primera mano, las condiciones de precariedad en la que viven algunos jóvenes en pleno siglo XXI. Me entristeció pensar en la familia de este chico, que me consta que ha hecho un esfuerzo tan grande como el mío para costearle los estudios.

Recordé, además, las veces que en casa de mi padre había comentado con la tía del muchacho lo mal que estaban en Bulgaria, los problemas de vivienda y el hecho de tener estudios universitarios y estar trabajando en España cuidando ancianos. Hace treinta años que cayó el muro de Berlín y miles de familias abandonaron Bulgaria y otros países semejantes en busca del mundo mejor que les prometían a este lado del muro.

Así que tiene que ser decepcionante haber luchado tanto y haber recorrido tantos kilometros para, dicho sea de paso, ver a su hijo universitario limpiando hoteles en el corazón de Europa.

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