Brasil, ante el fantasma populista

La elección del ultra Bolsonaro como presidente sería una amenaza latente para la democracia

El populismo de extrema derecha y la política tradicional libran hoy una batalla decisiva en el país más poblado de América Latina. Brasil elige presidente entre el ultra Jair Bolsonaro, el gran favorito en todas las encuestas, y Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores, avalado por Lula da Silva. El posible triunfo del capitán retirado del Ejército, que arrasó en la primera vuelta, ha encendido las alarmas en la región por la pulsión autoritaria que rezuma. No resulta exagerado afirmar que Bolsonaro representa una amenaza latente para la democracia tal y como se concibe en Occidente. Combina sin tapujos el desprecio a los derechos humanos y las leyes con el enaltecimiento de la dictadura militar que pisoteó las libertades entre 1964 y 1985, y con la versión más cruda del racismo, el machismo y la homofobia. Los mensajes en los que sus colaboradores justifican un hipotético golpe de Estado en determinadas circunstancias traen a la memoria el ruido de sables en Latinoamérica. No basta con alertar sobre los peligros que encierra la explosión del populismo radical en Brasil, que nada tiene que ver con el giro a la derecha de otros países de la zona. Es inexcusable analizar cómo ha podido prender un fenómeno tan inquietante en una potencia con una democracia asentada, que hace apenas unos años era ejemplo de progreso económico y lucha contra las desigualdades. Aunque de ideologías opuestas, el auge del ultra Bolsonaro recuerda, por sus orígenes y la excentricidad del personaje, la irrupción de Hugo Chávez en Venezuela, que ha derivado en una autocracia y en la miseria de la población. Bolsonaro simboliza al caudillo enfrentado a las élites en el que amplias capas sociales han creído ver su salvador tras el desprestigio acumulado por las instituciones y los partidos que se han sucedido en el poder en las últimas décadas. El profundo desencanto social ha dinamitado el mapa político. Pero ha desgastado con singular fiereza al PT, la izquierda transformadora devastada por la podredumbre de corrupción, que ha decepcionado a los millones de ciudadanos que confiaron en él para salir de la pobreza. Con ese pesado lastre carga Haddad, para quien el apoyo del encarcelado Lula es un arma de doble filo: su única opción de victoria y, a la vez, un lastre por representar al sistema frente a la ola populista que intenta construir un nuevo tiempo sobre las cenizas del pasado más reciente.

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