Bordillos discapacitados

JULIA CIBRIÁN

Doña Concepción Gamarra de Urdúliz es una anciana vital y emprendedora que superados los ochenta y un carro de ataques de la madre naturaleza (reuma, neuropatías, fatiga crónica, artroscopia y otras cosillas) conserva su ardor guerrero y sus sólidas convicciones. Pase lo que pase. Y hoy pasa que quiere aventura. Ha pedido a su cuidadora, doña Eulalia García Gómez, la Laly, que infle las ruedas de la silla, ahueque la almohadilla ortopédica, limpie asiento y respaldos, abrillante los tubos del armazón y tome un aquarius. Se van de excursión. De excursión urbana. Quiere saber cómo es la ciudad en la que vive. Es que no sale de El Espolón y siempre ve lo mismo, cuatro matojos de madroño, amigas que le pasan cruceros por los morros, un machote a caballo y un pisauvas amarillo. Tiene que haber más. Logroño siempre ha sido muy capital para perder fuelle ahora que todo va tan bien. ¡Hale, a descubrir la América berona! Tranquilamente, andandito. La Laly dice que el concejal de movilidad camina a 10 kilómetros por hora y no sabe si ella va a poder. La Doña replica que su nieto, que tiene estudios, sabe que una persona normal marcha a 5, que a 10 ó a 12 no se camina, se trota. «Y al trote van los caballos y los chicos de los recaos».

Doña Concha quiere conocer las Guindaleras, los Lirios, los Campillos y demás urbanizaciones de los arrabales. También cuánto ha rejuvenecido lo antiguo, los Muros, la Mayor, la Rúa Vieja. «Lo que usted diga, señora», asiente la cuidadora con dolorido sentir. Inician la marcha por un paso de cebra con masa elevada que une a nivel las dos orillas, como el puente de Manhattan. «Ves, qué bien». En la calle siguiente el bordillo rebajado dista unos centimetritos del suelo y la musculatura de la Laly empieza a contracturarse. Tras superar un par de empellones por elevación, siguen recorriendo calles y levantando pesas. Hasta que se atascan en un bordillo rebajado en uve, donde les adelanta al vuelo un precioso mocete con un precioso monopatín. La silla baja por su propio peso, sin esfuerzo, las ruedas se encajonan y en el ascenso el mismo artilugio pesa el doble. «Ánimo, que vamos bien». Ya inventarán sillas voladoras.

Las dos buenas mujeres recolectan en su paso por las aceras un rico muestrario de convivencia. La Laly sortea posaderas sobrealimentadas antes de presionar suavemente el claxoncillo. Si sonríen, sonríe; si miran mal, reza en chino y sigue la ruta. Doña Concha encuentra a todo el mundo adorable y saluda un minuto cada minuto, «hoy no puedo parar, voy de excursión», y señala imperiosa el sur. Un bordillo dentado conjurado con un semáforo de línea verde cabrea a conductora y conducida, «no hay derecho, no da tiempo». Al lado un quidam murmura «putos minusválidos». Dios le perdone. En un cruce huyen del ruido y las esquirlas que un diligente operario municipal suelta al aire con un martillo pilón de última generación. Está alisando un bordillo demasiado esquinado. Dios se lo pague.

Circulan por Valdegastea a Yagüe, y con cuerpo de motocross llegan a El Arco. Tras el túnel a La Grajera topan con barreras arquitectónicas vegetales, raíces que reaparecen bajo el cemento. Giran hacia Fardanchón y aledaños. Qué bonito, con pasos de cebra amigos (y bordillos nuevos discapacitados, sin rebaje a nivel de la calzada). Una espléndida senda rosa les llama y a ella se tiran antes de que el concejal correcaminos les cierre el paso. Las sillas de niños y demás impedidos son personas y deben circular por las aceras y no entorpecer el paso de los ciclistas, cuya personalidad no se define.

Concluida la aventura, la doña recapacita, frunce el ceño por el dolor que le sube de los glúteos, y confiesa a su asistenta personal: «voy a escribir una carta a la alcaldesa que te c...» La machucada cuidadora concluye el verbo y una vez impreso el escrito firma cooperativamente, por la parte que le toca y como fiel testigo.

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