Bochorno en el Congreso

El espectáculo de ayer desborda con mucho la tolerancia debida y refleja que el clima de confrontación política llega al límite

El Congreso de los Diputados vivió ayer una jornada de inusitada tensión, que comenzó con la expulsión del hemiciclo de uno de los portavoces de ERC, Gabriel Rufián, por parte de la presidenta de la Cámara, Ana Pastor, y terminó con la escenificación de una convocatoria fallida de la Comisión de Presupuestos por incomparecencia de la ministra de Hacienda, María Jesús Montero. La decisión de Pastor de retirar del diario de sesiones los términos «fascista» y «golpista», que ayer volvieron a cruzarse Ciudadanos y ERC, refleja el nivel de enconamiento al que ha llegado la confrontación parlamentaria. Hasta el extremo de que un diputado de ERC escupió o simuló escupir al titular de Exteriores, Josep Borrell, que antes había sido calificado por Rufián como «el ministro más indigno de la historia de la democracia española». Es significativo que los grupos parlamentarios impiden a sus integrantes votar según su propio criterio personal, como titulares del escaño que ocupan, pero sin embargo no intervienen para evitar exabruptos que jalean con un deleite impropio de representantes públicos. El ánimo sectario llega a cegar tanto a algunos voceros parlamentarios que fue nada menos que Rufián quien ayer llamó «hooligan» a Borrell. El bochornoso espectáculo se produjo al día siguiente de la crisis desatada con la renuncia del magistrado Manuel Marchena a verse elegido presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial precisamente por la descarada injerencia partidaria en el proceso y su subsiguiente bloqueo. No nos encontramos solo ante una falta de modales democráticos, ante emociones que desbordan la tolerancia y el respeto debidos. La tensión de ayer reflejó también el agotamiento al que ha llegado la política tal cual se ha manifestado en esta legislatura. Una legislatura que cada día que transcurre parece esperar solo la fecha de las próximas elecciones. Gran parte de la tensión que viven los partidos y las instituciones en España es efecto de la crisis catalana. Bien como causa directa, bien como argumento recurrente para el enfrentamiento. Es posible que la moderación y el rigor en el lenguaje no sea suficiente para atenuar el desafío independentista. Pero cuando menos serviría para evitar el efecto contagio que conlleva todo clima de confrontación y, con ello, permitiría contener las derivaciones de la crisis catalana sobre el conjunto de la política española.

 

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