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Ojo de buey

La fábula de las gallinas griposas

Sábado, 15 de noviembre 2025, 21:49

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Algún día, lo que nos pasó, la pandemia, se contará como una fábula. De las de animalitos. Las fábulas de toda la vida (nunca mejor ... dicho). Ya podemos verlo así, de hecho. Desde esta semana. Lo de las aves de corral llamadas a confinamiento general. Y es que las ambiciones, empresas, estrategias y fracasos del ser humano, como mejor se han contado, desde el origen de la narrativa, desde el cuéntalo primigenio, ha sido recurriendo a otra especie, la animal, con la que mantenemos una distancia relativa. En ella, como en un guardarropa de teatro, encontramos –y reconocemos– réplicas de una buena parte de nuestras actitudes, roles y gestual. Y está demostrado que la representación funciona. Es un carnaval didáctico. Todo el mundo, sin distinción de edad o piel, entiende las fábulas. Y su lección. Porque nuestros asuntos, conflictos y sentimientos, vistos en el espejo de la naturaleza animal, externalizados en cabeza ajena, de ratón, león o burro, nos son simpáticos; los comprendemos a la perfección, como en una pizarra en la que se nos dibujara –hasta el punto de la caricatura– sin darnos cuenta que esa fauna somos nosotros, trata de nosotros. Como en los cuentos, claro. Sólo que con los años, descubrimos que no hay género menos inocente o infantil que el cuento. Pero igual sucede –qué vamos a decir– con la idea que nos habíamos hecho de la vida, que tranco a tranco vamos descubriendo que es un cuento para adultos. Y 'menores acompañados'; como aquellas películas autorizadas con reservas, que en tiempos eran casi todas. Quien quiera conocer los tipos humanos puede recurrir, desde luego, a los numerosos y gruesos volúmenes de la comedia humana, la de Balzac, sí, pero también al cuento de los tres cerditos o al de los músicos de Bremen, que nos despliegan, a través de un reparto zoológico diverso un catálogo de comportamientos, individuales y en sociedad. Y qué dejamos para la rebelión en la granja. Pero los animales de Samaniego o de Esopo podrían ser personajes escritos por Goldoni o por Molière, con su misma inteligencia, sus mismos dilemas, armas y argucias. Seguimos sin resolver las cuestiones fabuladas en la cigarra y la hormiga, o en la zorra y las uvas o en el escorpión y la tortuga. Y así, el otro día alertaba Marcelino Cardiallaguet, delegado de una importante ONG ornitológica extremeña: «Este año es el de peor prevalencia del virus que ha habido nunca en Europa, está más extendido y creemos que todas las medidas de precaución son pocas». Parece hemeroteca de tiempos del covid, pero no: se refiere a la amenaza de contagio por gripe aviar. La pandemia en el corral. Lo que ha provocado la orden gubernamental de confinamiento de la población avícola. Y de pronto –llámenme neurótico– de una manera inevitable e instantánea, nos hemos reconocido por momentos en la mirada y tristeza de miles de gallinas perplejas. Que también se observan entre ellas con cierta desconfianza. Que no saben muy bien cómo interactuar, ni cuales son las distancias que deben de observar en el espacio del corral. Que se preguntan cuál habrá sido la gallina portadora de la gripe y si quizás estuvieron en contacto con ella. Cuál habrá sido la granja culpable, el foco. Igual la de al lado. Igual alguna gallina que vino de China. Que se notan cómo perdiendo el olfato y el gusto. Que duermen mal y que han reducido su cloqueo a las gallinas de más confianza. Que se dan piquitos con cautela, Que el gallo ya no madruga, total para qué. Si no va a haber actividad. Y qué se preguntan –sobre todo las que eran más ponedoras– qué será de sus huevos de ahora en adelante. Porque las fabulas no se destruyen sino que sólo se transforman, y ahora la de la lechera se ha convertido en la de la huevera.

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