Las dos barajas de Torra

El presidente catalán no puede jalear a quienes atentan contra el orden público y los derechos de los demás ciudadanos

John F. Kennedy dijo en su celebérrimo discurso de toma de posesión que quienes en el pasado habían intentado insensatamente cabalgar a lomos de un tigre, habían terminado invariablemente siendo devorados por su cabalgadura. Tanto Puigdemont como Torra, su epígono, han tenido ocasión de comprobarlo: tras apoyarse en los independentistas más radicales para tratar de sacar adelante el inviable 'proceso' soberanista, han sido vapuleados por sus teóricos partidarios en cuanto han dado la menor prueba de cordura. En octubre del año pasado, Puigdemont ya tuvo que renunciar a convocar elecciones como alternativa a la DUI porque sus huestes le habían preparado un brutal linchamiento, y ahora Torra está sufriendo con progresiva virulencia los efectos de su relativa tibieza y de su resistencia a volar todos los puentes y a declarar de forma inequívoca una ruptura testimonial que sólo serviría para cerrar todas las vías de futuro. El domingo pasado, los Mossos d'Esquadra impidieron que los Comités de Defensa de la República, cercanos a la CUP, arremetiesen físicamente contra una manifestación de policías estatales. El consejero de Interior, Miquel Buch, fue tildado de traidor por ello y la CUP llegó a pedir su dimisión. En un alarde de cobardía política, el jefe de Buch, Torra, daba ayer las gracias a los CDR por «apretar» en favor del proceso. Ni así consiguió el jefe del Ejecutivo catalán disimular los abucheos que se le dedicaron por sus «incumplimientos». Es lógico suponer que la sociedad catalana ha tomado buena nota de lo que está ocurriendo. Porque una cosa es mantener una reivindicación política más o menos utópica y otra bien distinta generar unas expectativas que enfervorizan a una minoría que no está dispuesta a resignarse al fracaso. La sociedad no puede admitir que sus representantes jaleen a los violentos y les den abiertamente alas. Y el Gobierno del Estado, aún defendiendo la vía del diálogo, tampoco puede tolerar que su interlocutor principal juegue impunemente a dos barajas, una de las cuales no es democrática.

 

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