A barajar

JULIO ARMAS

Seguro que es por los años que tengo pero debo confesarles que yo, con esto del euro, me armo un lío de padre y muy señor mío. Qué quieren que les diga, que no acabo de cogerle el tranquillo. Por ejemplo: no me cabe en la cabeza que un piso de quince millones de pesetas valga solo noventa mil euros. ¡Ya ven qué cosas! Para mí quince millones son muchos millones, pero noventa mil euros... ¿noventa mil...? son cuatro duros como aquel que dice.

Y fue por esto, y porque me lo veía venir, por lo que prometiéndomelas muy felices me compré, hace ya diecisiete años, cuando el euro se puso en marcha, (¡qué barbaridad!, diecisiete años ya) una de esas maquinitas de calcular del tamaño de una tarjeta de crédito con la que hasta hace poco me he ido apañando tan ricamente.

¿Y saben qué es lo que me ha pasado?, pues que a estas alturas de la película, resulta que la maquinita de marras ya no me vale para nada. Dinero tirado a la basura. Y dos son los motivos por los que la maquinita ya no me sirve: el primero y más molesto es porque, entre lo que me tiemblan los dedos y lo mal que veo las cifras, no hay forma de que pueda calcular cuántas son siete por cuatro; y el segundo y más tremendo es porque hoy en día las cifras entre las que nos movemos son tan enormes que ya ni me caben en la pantalla de la maquinita. Y es de esto de lo que les quería hablar.

Verán, estuve hace unos días chafardeando entre las cifras en las que se mueve nuestra economía, (me refiero a la española, no a la autonómica... todo llegará) y estaba yo tan tranquilito viendo a cómo nos estábamos cortando el pelo cuando leo que, en el cuarto trimestre de 2018, la deuda pública en España se había situado en 1.170.961 millones de euros. ¿Y saben qué fue lo que me ocurrió?, pues que como la cifra no acaba de entenderla, me dejé llevar por la costumbre y sin darme mucha cuenta de lo que hacía le pedí a mi maquinita que me diese la cifra en pesetas y... ¡choooofff! adiós maquinita.

Y fue entonces, y visto lo visto, cuando tomé conciencia de que lo que pasaba era que la deuda esa del 2018 que España tenía y que yo tan alegremente había metido en la maquinita era de un billón ciento setenta mil novecientos sesenta y un millones de euros. (Sí, billón... con 'b' de burro... de muchos burros) y que no puedo decirles cuánto es en pesetas por eso del ¡choooofff! que me había hecho la maquinita.

Resumiendo, que si las cifras son las que son, y si están publicadas es seguro que lo sean, España, gracias a las gestiones de Rajoy y Sánchez, tiene una deuda que el año pasado alcanzó el 98,3% del PIB. Lo que en lenguaje paladino significa que si los españolitos tuvieran que pagar lo que deben (y no se preocupen porque eso no va a suceder), cada uno de los que estamos por aquí yendo y viniendo tendríamos que pagar, euro arriba euro abajo, la módica cantidad de veinticinco mil euros de la bota (unos cuatro millones largos de pesetas, para que nos entendamos).

Y digo yo: no entiendo nada. Si debemos tela como por un tubo (y eso yendo medianamente bien, porque esperen a que la anunciada recesión se presente) cómo es posible que el águila de Pedro Sánchez, sin atender a las luces de alarma que nos van encendiendo por Europa, persistía y persiste más en presentar unos Presupuestos expansivos que en trabajar en la reducción del déficit estructural,... es un suponer.

Y así están las cosas... pero les dejo un consuelo de tontos antes de terminar. España, dentro del cúmulo de países, no es la que está en peor situación, echen un ojo si quieren a Francia o a Grecia o a Chipre. Echen un ojo, vean las cifras y tiemblen después de haber reído. Es seguro que España no podrá pagar lo que debe, pero es igual de seguro que los otros países no podrán pagar a España lo que le deben. Y entonces, ¿qué haremos?, pues muy sencillo, aplicaremos la formula que ya hace tiempo recetara un premio Nobel de literatura: Cuando las deudas no se pagan porque no se puede, lo mejor es no hablar más de ellas y barajar (1). Así de sencillo, barajar. Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

(1): Camilo José Cela