Bandera roja

FERNANDO SÁEZ ALDANA

Hace poco, mi compañera Mayte Ciriza describió a la perfección catálogo de horrores playeros agosteños, al que me permito añadir otro, no achacable a los usuarios de las playas sino a sus vigilantes: la represión del chapuzón. Se produce cuando alguien decide que ese día es peligroso bañarse y lo impone izando una banderola roja, y se ejerce de dos maneras. Una, acotando una estrecha franja de arena por la que solo puedes entrar y salir del agua, flanqueada por dos linieres provistos de pitos que en cuanto rebasas su arbitraria línea de fuera de juego empiezan a tocar con alarmante insistencia. En la otra modalidad no hay zona delimitada y los represores del baño te conminan a salir del agua desde la orilla. Un bañista se negó a hacerlo en una playa valenciana y acabó esposado por guardias civiles, con el trabajo de verdad que tienen en tantos sitios. Puede caerle un año por desobediencia, ese delito inexistente en España si te pasas por el forro las sentencias del Tribunal Constitucional.

Pero, ¿qué es esto? ¿adónde vamos a llegar con la intolerable intromisión de la autoridad, grande o chica (en este país cualquier chiquilicuatre provisto de silbato lo es) en la vida privada de los ciudadanos? Puedo entender que se recomiende no bañarse, o que se haga dentro de unos límites dentro de los cuales los salvavidas pueden actuar con más eficacia y fuera de ellos están libres de responsabilidad, pero mire, si yo me baño a pesar de la banderita roja, o fuera de la franja y el horario vigilados, o de madrugada, es cosa mía. ¿Qué es eso de obligarte a salir del agua pública? ¿Y que te arreste la policía si no lo haces? Qué será lo siguiente, ¿esposar a los montañeros que pretendan escalar un pico donde se ha matado gente?, ¿a los ciclistas que se empeñen en circular por donde ya han caído unos cuantos?, ¿a los logroñeses que se arriesguen a cruzar un paso de cebra?

En España se ahogan unos cuantos imprudentes al año, pero también fallecen millares por beber y fumar y la policía no monta redadas en las tascas para sacar esposados a los reincidentes en hábitos que ocasionan una elevada morbimortalidad. Los aplausos de sumisos veraneantes a los guardias que se llevaron al bañista rebelde demuestran que en este país la libertad individual no sólo está reprimida por la autoridad sino ello que se acepta de buena gana. En una sociedad libre a quien hubiesen aplaudido sería al detenido por ejercer su libre albedrío bañándose con asunción de los riesgos. Imagino a algún satisfecho por el arresto machacando la hamaca con su tripón de batracio, cerveza en mano y pitillo en la otra, ante la indiferencia de autoridades tan celosas de preservar la vida de sus súbditos. Qué casualidad que la bandera roja sea el símbolo del totalitarismo comunista.

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