La bailarina del paso de cebra

FÉLIX CARIÑANOS

Me ocurrió el miércoles de esta semana en las afueras de Pamplona. Había ido un servidor a unos asuntillos a la capital navarra y, como en otras ocasiones, había visitado la atractiva Librería Abárzuza que regenta mi amiga Marcela en la Cuesta de Santo Domingo, esa en la que los mozos cantan al santo morenico con el periódico en la mano por Sanfermines. Ahí merqué el segundo tomo de la popular historia de esas fiestas escrita por el doctor Arazuri, que contiene un extenso capítulo dedicado a los gigantes y cabezudos.

Y mira por dónde, ya en el autobús, mientras leía esas páginas, el autocar paró ante el semáforo localizado justo antes de la carretera que se dirige a San Sebastián, a la derecha, y de la que apunta a Zaragoza, a la izquierda. En ese momento, levanté la vista y ahí estaba, en medio del paso de cebra. Había surgido de la acera una joven vestida con pantalón negro ceñido, una muy ancha y vaporosa blusa policromada, unas zapatillas de ballet más el pelo recogido graciosamente en moño, que ofrecía variedad de pasos de baile a la vez que trenzaba los brazos ante los sorprendidos y sonrientes conductores. Servidor observaba a estos y a los viajeros del bus. Pienso que la chica tenía el tiempo cronometrado porque, poco antes de encenderse el rojo, atravesó por el centro las filas de turismos mientras algunas manos le ofrecían monedas. Luego el ómnibus prosiguió hacia Logroño.

Cuento esto para que piensen ustedes en la cantidad de escenas que ocurren ante nuestros ojos cada día, anécdotas que son las que más nos interesan porque nos ocurren a nosotros, así de sencillo. En cuanto a las que acontecen en otros lugares, hemos de seleccionar y quedarnos con las más humanas, las que favorecen a la mayoría. Aquí hay mucho donde elegir. En estos días se nos manifiesta continuamente, creando un clima de olla a presión, que se ciernen sobre el mundo cambios espectaculares. Mientras, los mandamases no aciertan a solucionar ni de lejos las inmigraciones, las numerosas guerras siguen asombrando niños y matando muchedumbres, los tribunales denominados supremos la lían cojonudamente -con lo mucho que saben- e incluso las familias venidas a más -al menos eso creen ellas- se rompen por heredar la orza que dejó la abuela.

Algunos de los que viven bien afirman que vivir feliz es fácil; no se lo creen ni ellos. No obstante, nosotros lo tenemos más a mano que los antiguos; basta con preguntarle al móvil «¿Cómo puedo ser feliz?», y todo solucionado. Esto me pasó a mí el otro día. Al bajarme del autobús en mi pueblo, mientras bajaban y subían peregrinos, me pareció ver de nuevo en el paso de cebra a la bailarina. A punto de arrancar, pregunté al chófer «¿Ha visto usted a la chica del paso de cebra?», y me contestó: «Sí, me ha parecido verla ahí adelante». Y es que todavía quedan bailarinas y chóferes maravillosos. Pruebe usted.

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