Una avalancha dramática

IMANOL VILLA

Bolsonaro gana en Brasil. Uno más. Y sin recuperarnos del susto nos preguntamos: ¿cuál será el próximo? Preocupa pensar que la libertad pueda usarse, en ocasiones, para otorgar el poder a aquellos que creen a pies juntillas que todo puede funcionar mejor con menos libertades y derechos. ¿Es posible que el reloj de la historia no sea más que un inacabable 'día de la marmota'?

Lo ocurrido en Brasil amenaza con confirmar una tendencia que ya ha dejado de ser anecdótica. Trump, Salvini, Kurz, Orbán, Morawiecki... Ellos son sólo una muestra de los que han alcanzado el poder porque en verdad la lista de esos que creen que la democracia es para unos pocos es larga. Se extiende por toda Europa y buena parte del mundo. Son los nuevos profetas, los llamados a anunciar el renovado mundo del exclusivismo, la tierra de la certidumbre, el fin del miedo y la supremacía de la cultura del bienestar para unos pocos. Para ellos, el resto, sean pobres o convidados, sobran pues su mera presencia conlleva en sí misma una amenaza para su universo.

Pero ¿por qué esos que claman contra las libertades y los valores más sagrados de la democracia hacen del exclusivismo su bandera? ¿Acaso dicen lo que una buena parte de las mayorías silenciosas quieren oír? No sólo les votan los ricos, pues todos no son Bolsonaro; también les aúpan al poder los humildes y los obreros. Salvini revolucionó el mapa político italiano porque prometió revertir los miedos de sus ciudadanos. Habló de subidas de pensiones, de una renta básica y de mayor justicia social. Por Italia, para Italia y sólo para los italianos. Transformó el miedo en esperanza y, sobre todo, proyectó la idea de que es posible crear certidumbre sin alterar un ápice las realidades conocidas. Italia para los italianos o, como Trump berreó, Estados Unidos para los estadounidenses. Y lo mismo hacen el resto de políticos venidos de la extrema derecha a los que, por cierto, buena parte de las masas obreras les escuchan con atención. Es verdad que, en el caso de Bolsonaro, sus apoyos han venido de los ricos y de la mayoría blanca, pero no es menos cierto que su capacidad de movilización, de insuflar conciencia de clase entre sus seguidores, ha sido mucho mayor que la de su oponente de izquierda. He ahí una de las causas de esta dramática avalancha.

La izquierda no moviliza como antaño y apenas promueve tomas de conciencia, reales y efectivas. La izquierda, empeñada en la beneficencia, ha permitido de un tiempo a esta parte que un sector nada despreciable de la clase obrera se desentienda de sus mensajes para entregarse a los que prometen revertir sus miedos en esperanzas a costa de una peligrosa perversión de la democracia. Es la derrota, no sólo de la socialdemocracia, sino de buena parte del patrimonio ideológico de la izquierda pues, a estas horas, ya no promueven tomas de conciencia, sino simplemente resignación. Ahí es donde, en buena parte, que no la única, por supuesto, ha bebido y bebe la ultraderecha.

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