Autonómicas catalanas primero

Hay margen para la mejora del autogobierno sin amenazas de ruptura ni referendos divisionistas

Autonómicas catalanas primero

El Gobierno que se constituya tras la más que probable investidura de Pedro Sánchez se encontrará de inmediato con el desafío de reconducir la situación en Cataluña normalizando las relaciones institucionales con la Generalitat y ofreciendo a los partidos que hoy la sustentan cauces para participar en la definición de las políticas públicas para el conjunto de España. Pero tanto lo primero como lo segundo dependen del modo en que se diriman las relaciones en el seno del independentismo y de la disposición que este muestre para el diálogo con los demás catalanes.

Solo que resulta imposible imaginar una evolución positiva del secesionismo si antes no se celebran unas elecciones autonómicas y se decantan las respectivas posturas. Sería un grave error por parte de Sánchez suponer que el escrutinio del 28-A le concede carta blanca para establecer un diálogo sin límites con el independentismo o que éste concluya lo propio, dado el éxito obtenido nada menos que en unas generales. Es evidente que durante sus meses de mandato, entre junio de 2018 y la derrota de su proyecto presupuestario, el Gobierno socialista alentó la posibilidad de que el independentismo catalán se viera correspondido en sus vindicaciones, en una suerte de engaño mutuo respecto a los límites del marco constitucional y estatutario. Pero el Ejecutivo entrante no podrá reincidir en semejante juego, aunque haya salido victorioso de las urnas, ya que ello sería causa para el envalentonamiento del independentismo.

La única manera de que el Gobierno central reconduzca la tensión con y en Cataluña es que se niegue a asumir, de manera rotunda, las responsabilidades que el independentismo transfiere al Estado constitucional para que resuelva el problema de su propia deriva, empezando por las consecuencias judiciales de sus actos. Para ello, a Sánchez le será imprescindible señalar a los secesionistas que los resultados del 28-A en Cataluña no solo no dan carta de naturaleza a una república propia, sino que servirán a los catalanes siempre y cuando sus representantes se avengan a la mejora del autogobierno sin amenazas de ruptura ni referendos divisionistas. Un escenario al que resulta imposible acceder mientras Puigdemont y Torra continúen alargando una legislatura autonómica ciertamente estéril para impedir que la alternancia se produzca en Cataluña, siquiera a favor de ERC.