DE AQUELLAS CAJAS ESTOS LODOS

MARÍA JOSÉ GONZÁLEZ - EL TRAGALUZ

Hace diez años de la caída de Lehman Brothers. Un terremoto del que nadie en todo el mundo estuvo a salvo: muchos bancos europeos tuvieron que ser rescatados, incluida Bankia, resultado de la fusión de siete cajas de ahorro fallidas, entre ellas Caja Rioja.

Dos aclaraciones de partida. Una: los rescates no salvaron a los bancos en sí mismos, sino a los depositantes. Dejar caer a un banco es arruinar a sus clientes. Y dos: el colapso del gigante financiero norteamericano favoreció sacar a la luz lo sabido pero nunca admitido hasta que fue imposible ocultarlo más. Esto es: el saqueo de las cajas. La inmensa mayoría tocadas y hundidas por los políticos y los gobiernos regionales de turno, salvo honrosísimas excepciones. Fueron años de borrachera inmobiliaria. Los balances eran positivos y nadie quiso ver o escuchar señal alguna de aquel latrocinio.

El cataclismo que sacudió los cimientos de la economía (desde la misma Bolsa de Nueva York hasta al autónomo que tenía una ferretería en La Rioja y tuvo que cerrarla por falta de financiación) precipitó los acontecimientos delatando los desmanes cometidos en aquellas entidades financieras de carácter local, únicas en el mundo por sus características.

Bankia fue un error apañado por los políticos. Un enorme disparate que se puede entender mejor con esta anécdota: cuando José Ignacio Goirigolzarri -un exdirectivo del BBVA llamado a salvar aquel naufragio- entró al primer consejo de Bankia tras su nombramiento, se quedó perplejo: en aquella sala no había ningún profesional bancario y miren que los conocía a todos. En semanas, el vasco les enseñó a esos sinvergüenzas la puerta de salida.

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