La Edad Media europea -según nos cuenta Michel Foucault en su Historia de la locura-y, singularmente las ciudades renanas y flamencas, conocieron una extraña figura que, aunque cargada de elementos simbólicos, fue completamente real. Eran las naves de locos, les nef de fous o Narrenschiff. Tales barcos recorrían, como remedo de los viejos argonautas, las ciudades del Rhin sin que nadie quisiera acogerlos. «Los locos de entonces -dice Foucault- vivían una existencia errante. Las ciudades los expulsaban con gusto de su recinto». Pero no todos los 'locos' eran iguales para los ciudadanos medievales: «No se expulsaba sino a los extraños [...] y cada ciudad aceptaba encargarse exclusivamente de aquellos que se contaban entre sus ciudadanos...».

Estas alejadas imágenes no son tan extrañas en realidad ¿No guardan ningún paralelismo con las naves de emigrantes africanos que vagan por el Mediterráneo en busca de acogida o de una muerte segura? El problema es que han pasado más de seiscientos años y, se supone, en estos siglos Occidente ha efectuado una revolución ilustrada, ha elevado al rango del Derecho Internacional la obligación de socorrer a los náufragos y depositarlos en puerto seguro; ha pretendido cimentarse, nuestra vieja Europa, sobre valores humanistas, cristianos y seculares, y sin embargo...

Sin embargo, debemos reflexionar seriamente sobre si hemos salido efectivamente de los viejos comportamientos tribales; porque las señales, como todas las que emite este viejo continente, son siempre ambivalentes, como si ninguna de las dos grandes pulsiones que afectan a las colectividades humanas, la que se pliega sobre los más atávicos instintos egoístas e identitarios, y la que se abre acogedora a una humanidad hermanada, pudiera vencer claramente a la otra. La vieja tribu insolidaria se expresa bajo el grito «¡los italianos, primero!», o se dibuja en el horizonte en las tupidas alambradas de Víktor Orbán, o en los muros de la vergüenza, en Gaza o en Méjico. La solidaria, la receptiva, la que hace caso de la fórmula más sublime de acogimiento, que dice «tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber, fui extranjero y me acogisteis...» (Mateo 25, 35:45), se expresa ahora en la decisión del Gobierno de Pedro Sánchez, como lo hizo antes en la valentía de Angela Merkel, coherente con su etiqueta de dirigente 'democristiana'. Ninguna de las dos almas de Europa, siempre en conflicto, parece poder enterrar definitivamente a la otra; pero los signos de los tiempos son inquietantes. Europa, quizá llena de burócratas y administradores, pero no de 'políticos' que vean más allá del rédito inmediato, debería, si no por solidaridad, sí por cálculo económico y demográfico, tratar como su máximo reto la cuestión migratoria. Debemos ser capaces de considerar el problema de la emigración desde una perspectiva no sólo más generosa desde el punto de vista ético, sino más racional a corto, medio y largo plazo; considerarla a la luz de la crisis demográfica europea, de sus necesidades presentes y futuras, de la 'bomba de relojería' que supone la mezcla de pobreza y juventud demográfica de un continente, que vive en el límite de nuestro mundo, que lo observa, que quiere, con todo el derecho, participar de él en tanto su tierra siga sometida a la falta de esperanza, de futuro y de Derecho. ¿Cerraremos los ojos a un problema que no es sólo de 'valores' -que también, y sobre todo-, sino que, encauzarlo bien o mal, puede llevar a cumplir las expectativas optimistas ilustradas o a hundirnos en una nueva etapa de barbarie? Sería bueno recordar aquí la lograda frase de Todorov: «El miedo a los bárbaros amenaza con convertirnos a todos en bárbaros».

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