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La crisis constitucional que alienta el independentismo catalán no puede someter a una permanente zozobra al resto de España

El presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, confirmó ayer que las intenciones del independentismo encarnado por él y por Puigdemont no han variado en lo sustancial tras la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa gracias al voto de ERC y el PDeCAT. La diferencia respecto a los hechos protagonizados por el secesionismo hace un año estriba en que los actuales gestores de la autonomía catalana han evitado, hasta la fecha, incurrir en actos que vulneren la legalidad. En otras circunstancias tal diferencia no sería baladí, puesto que podría mantener la crisis catalana en el ámbito de la discrepancia política a la espera de que el independentismo volviera sobre sus propios pasos. Pero esa es una lectura optimista de la situación, que ayer Torra se empeñó en cegar. El presidente de la Generalitat quiso exponer los planes del independentismo gobernante solo ante los suyos porque considera que el secesionismo totaliza la voluntad de Cataluña. Volvió a dar carta de naturaleza al 'consejo de la república' que Puigdemont presidiría en Waterloo y a un 'foro social constituyente'; situó la consulta del 1 de octubre y la declaración unilateral de independencia del 27 como punto de partida para esta nueva fase del empeño por la república propia y conminó al Gobierno a acordar un referéndum de autodeterminación como «propuesta de diálogo y negociación». Todo ello, mientras advertía de que no aceptará ninguna eventual sentencia condenatoria de los procesados por el Supremo y dejaba la puerta abierta a una desobediencia en tal caso. La conferencia de Torra no puede mantener impasible al presidente Sánchez y a su Gobierno. Pero tampoco exime de responsabilidad a las otras formaciones que propiciaron su investidura con la anuencia del secesionismo catalán. La crisis constitucional que continúa alentando el independentismo no puede someter a una permanente zozobra política al resto de España. Por ello, es imprescindible que su discurso se vea contrarrestado desde una defensa unánime de la legalidad sin que ningún sentimiento de comprensión hacia la legítima expresión de ideas independentistas contribuya a brindar oxígeno al rupturismo. Torra insistió en que la independencia cuenta con la mayoría social en Cataluña. Una falacia que volvió a sostener sobre la negación de la pluralidad y la reducción de la diversidad ciudadana a mero gregarismo.

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