AGONCILLO 2050

El meandro del río a veces se conmueve y anega lo que dicen que fue la pista

PABLO GARCÍA-MANCHA

Dicen las viejas crónicas que La Rioja tuvo un aeropuerto en Agoncillo. Un aeropuerto donde las naves despegaban o aterrizaban sólo después de una suerte de algoritmos y efectos colaterales que nacían en Madrid y que se iban disipando cuando la meseta comenzaba a intuir la depresión del Valle del Ebro. El aeródromo se fue hundiendo lentamente en la orilla del río hasta que un día desapareció por completo. Primero la cabecera de la pista, que sintió una contorsión telúrica y se resquebrajó tras incontables espasmos; dos días después, la terminal se precipitó sobre sí misma tras una contracción salvaje y los muros se revolvieron hacia dentro por efecto de una sobrecogedora implosión que se escuchó más alla del peaje de la autopista, que permanece indemne más de tres décadas después a la desaparición de la fallida infraestructura de Aena.

Uno de los momentos más increíbles de la catástrofe se produjo al hundirse la torre de control. Fue succionada por una tierra que parecía viscosa. No se desplomó, simplemente cayó a un lado y arrastró con ella y a toda velocidad a un cuatrimotor de hélices que llevaba varado en Agoncillo desde que el Logroñés subió a primera división y se lo habían dejado olvidado tras la celebración de los hinchas, que fueron enfervorecidos a recibir a su equipo al aeropuerto en su único día de gloria. Ahora no queda nada, ni misterio. Los viejos dicen que un día crepitaron por allí pájaros de acero. Nadie les cree. (Yo sí). El meandro del río a veces se conmueve y anega lo que dicen que fue la pista y un aparcamiento que permanece tan vacío y extraño como cuando se inauguró aquella terminal fantasmagórica y disparatada.