AFRICANOS

MARCELINO IZQUIERDO - EL CRISOL

La primera vez que fui a París, allá por los 80, lo hice en autobús. Mi primer contacto con el pueblo francés fue en una gasolinera antes de alcanzar Tours, donde un cartel en perfecto castellano nos estaba esperando: «Se informa a los españoles de que está prohibido consumir comida ajena a este establecimiento y también gritar». Me sorprendió, la verdad, pero no me lo tomé a mal. Intolerantes los hay en todos los sitios.

Ya en la gran urbe, entré a un estanco para comprar una postal y un sello. Como no sabía el precio del franqueo, le pregunté a la dependienta. «España está en África, ¿no?», me preguntó en francés. Dejé la postal en el mostrador y me marché, esta vez sí, muy indignado. Había más intolerantes de los que cabía esperar.

Ese aire de 'grandeur', de xenofobia despectiva, me hizo interesarme por los miles de españoles que residían en París. En los años 60, más de dos millones de españoles emigraron a Europa en busca de una vida mejor, sin hambre y sin miseria. Francia, Suiza, Alemania, Bélgica, Holanda, Reino Unido... fueron la tierra prometida de estos paisanos que venían con una mano delante y otra detrás. Ahora se sabe que la mitad eran clandestinos y apenas sabían leer ni escribir.

La mayoría de estos emigrantes abandonaron a sus familias por unos meses y se quedaron allí el resto de sus vidas. Es cierto que los países de acogida habían negociado con sus vecinos del sur un volumen de contratos, según la necesidad de sus mercados laborales. Pero, años después, al sumar las cifras oficiales de París, Berna o Bruselas, resulta que más de la mitad de los españoles llegaron 'sin papeles' y sin contratos, al igual que los africanos que desembarcan en nuestras costas.

 

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